Juana y Amelia
Las hermanas se encargaban del merendero que estaba en el camino, antes de llegar al Porvenir. Un lugar oscuro en el que olía a especias, a humo y a viejo. Ahí trabajaron desde niñas, cuando quedaron huérfanas de madre, y ahí vendían lo mismo tacos y enchiladas, que veladoras o chicles. Atendían a todo tipo de clientela: viajeros hambrientos, jornaleros sedientos, curas hablantines o pueblerinas chismosas y remilgadas.