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Juana y Amelia

Foto(s): Cortesía
Redacción

Las hermanas se encargaban del merendero que estaba en el camino, antes de llegar al Porvenir. Un lugar oscuro en el que olía a especias, a humo y a viejo. Ahí trabajaron desde niñas, cuando quedaron huérfanas de madre, y ahí vendían lo mismo tacos y enchiladas, que veladoras o chicles. Atendían a todo tipo de clientela: viajeros hambrientos, jornaleros sedientos, curas hablantines o pueblerinas chismosas y remilgadas.


Juana y Amelia eran indistintamente la mano derecha e izquierda de su padre, razón por la cual, don Raúl rechazó todas las proposiciones de casorio que tuvieron sus hijas.


—¡Erasmo Caimán, ni qué ocho cuartos! —decía silbando las eses por el hueco que le dejaron los dientes que le faltaban—. ¿Pancho Cigüeñas? no tiene ni un petate en qué hacer un nido.


Las hermanas no se atrevían a contradecirlo. Al que nace pa' tamal del cielo le caen las hojas, y a ellas les cayó un padre que no dudaba en encerrarlas o darles sus trompadas, así que aguantaban los designios celestiales, con el único consuelo de compartir por igual el mismo destino.


Ya en el ceño se les veían los primeros surcos y en sus trenzas algunas canas; ya don Raúl había entrado en años con hipertensión y diabetes, cuando se detuvo en el pueblo un agente de ventas de electrodomésticos.


—Cristiano Barroso, para servirles, señoritas.


Juana se mordía la punta de una trenza y Amelia jugaba con los flecos del rebozo, mientras el viajero desempacaba los objetos, cada cual más novedoso.


—Miren esta licuadora. Olvídense de dejar los dedos en el metate o las uñas en el molcajete. Lo hace todo solita. O ¿qué tal esta cafetera? Push en el botón verde y bye bye, usted se va a hacer lo que le venga en gana. Fíjense en esta olla, hace en 20 minutos lo que en la cazuela se tarda dos horas. ¿Qué les parece? Además, traigo los más modernos recetarios de cocina americana, y hasta francesa. S’il vous plait. Ya estuvo de siglos de comer la misma quesadilla, hay que modernizarse. A ver, tráiganse unos tomates para hacerles la demostración.


Amelia preguntó los precios y Juana cuándo volvería a pasar por el Porvenir.


—Se los dejo, señoritas, no faltaba más, y ahí me pueden ir pagando de a poquito.


A partir de entonces, cada jueves, al oír el motor del Chevrolet en el camino, el merendero se llenaba de un perfume de jazmín, se oían pasos apresurados en zapatos de tacón, y las muchachas asomaban al mostrador haciendo esfuerzos por levantar los párpados azules con las pestañas postizas.


Ese hombre les va a dar atole con el dedo —decía su papá—,  quejándose de que esos aparatos dejaban la comida muy dulce o muy salada.


—¿Qué no ven que estoy enfermo? ¡En eso se había de fijar el gobierno!


—¿Lo oyes? —preguntaba Amelia mientras preparaba un jarabe de piloncillo—. Atole es lo que lo voy a dar yo a él.


—Ay, no seas… —se reía su hermana— yo nomás le hago sus frijoles con salecita y harto chicharrón.


Enterraron a don Raúl, agradeciendo a Dios que hierba mala también muere, sin que el médico del pueblo atinara si había sido un coma o un infarto, pero seguro de que tenían que ver los hábitos de don Raúl.


—Ay, doctor, ya sabe que mi apá era rete necio —decían las muchachas.


 Arreglaron el cuarto sobrante y se lo ofrecieron a Cristiano, Cristi, Cris, para pasar la noche cuando se le hacía tarde, después de que los tres bebían ron con soda escuchando la rocola.


Exhibieron cajas de galletas y de hojuelas de maíz, botes con chocolate en polvo y pan de caja. Cambiaron las enfrijoladas por club sándwich y las jericallas por banana split. Pintaron el lugar de rosa, y pusieron un letrero en la carretera: Fuente de sodas Joanna y Amelí.


Cristiano se quedaba temporadas cada vez más largas. A veces, Amelia decía que les quedaba muy muchacho, pero Juana contestaba que gallina vieja hace buen caldo. Amelia preguntaba si no sería pecado, como decían en el pueblo.


—Cómo va a ser —respondía su hermana— es cosa del cielo que podamos compartir el mismo destino.


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