-¿Papá?- preguntó inquieta la niña, buscando a su padre.
-Aquí estoy- le contestó, abrazándola con cariño.
-Ya estoy lista para irme a la escuela- dijo.
Su espalda cargaba una mochila verde olivo, tipo militar y dentro de ella, libros y comida para todo el día.
-Cuídate, nos vemos en la tardecita- le recomendó, dándole un beso en la frente, y salió corriendo a la escuela junto con sus compañeros.
Nueve familias viven en Cerrocauhí, un paraje ubicado en lo alto de una montaña. Cerca de ahí se encuentra una cascada que como si fuera leche brota de la tierra, para después, hacerse añicos en el fondo de la barranca, convirtiéndose en agua cristalina que corre imperturbable a lo largo del río ancho y generoso.
Hace seis años, su madre murió desangrada en la labor de parto; desde entonces, Omara vive sola con su padre; ahora va en quinto año de primaria y acaba de cumplir los once. Para ir a la escuela, ella y sus amigos tienen que caminar dos horas, hay que subir cerros, bajar barrancas y cruzar ríos. En los tiempos de lluvia es más difícil porque los arroyos se convierten en gigantes de agua.
Ella le ha confesado a su papá que cuando sea un poco mayor, desea irse a la capital a estudiar cosas de la tierra, a lo que padre le contestó:
-Mira hija, eso es lo que no entiendo. ¿Cómo es posible estudiar agronomía en la ciudad y no en el campo? Pero no te preocupes, haré todo lo posible para cumplir tus sueños.
De lunes a viernes era la misma rutina, caminar y caminar por esos senderos que de tanto pisarlos ya eran parte de sus pies. Los niños se desgañitaban pregonando sus fantasías:
-Yo voy a ser maestra- decía una voz.
-Yo, presidente municipal- aseveró un niño líder.
-Yo, enfermera- parloteó una niña menudita.
-Yo, cura- anunció un niño con luz en los ojos.
-Yo, agrónoma- sostuvo Omara.
- Yo voy a ser tu marido- gritó uno más y todos se echaron a reír.
Sudorosos, pero contentos, arribaron a la escuela Benito Juárez García; a la entrada, se encontraba la escultura del personaje que le prestaba su nombre al colegio.
-¡Vamos un rato con el tío Beni!- exclamaron.
Y todos se sentaron bajo la mirada adusta del Benemérito.
Transcurrió el tiempo, Omara estaba por terminar el sexto año, preparaban la clausura. Fue un día de junio cuando se puso su uniforme de gala, se vio al espejo y se plantó frente a la foto color sepia de su madre; en voz baja le dijo lo mucho que la extrañaba y empezó a llorar.
-¡Si tan solo no te hubieras embarazado otra vez! ¿Por qué no te conformaste con tenerme a mí solamente? Hubiéramos sido tan felices.
La noche anterior había llovido y las veredas se encontraban resbalosas, los niños caminaban con cuidado, pero al pasar cerca de la cascada, Omara resbaló y el agua se la tragó para depositarla suavemente en el fondo de la barranca. Sus compañeros, pálidos por el miedo, regresaron por el papá de la niña y le contaron lo que había sucedido. En medio de la espesura del bosque, solo se escuchó un grito a modo de rugido que parecía decir:
-¡No, no, no! ¡Mi Omara no!
Y después, todo quedó en silencio.
