Aueiactlí, “la de olor suave”
Chiscú caminaba bajo el calor intenso del antiguo Totonacapan, llevaba a cuestas un tocón de árbol; el pensamiento distraído sumado al estruendo de múltiples cantos de pájaros, no le ayudó a darse cuenta de que una aueiactlí le acechaba; de pronto el tocón rodó, un rictus de horror se dibujó en el rostro del hombre, quedó paralizado, la criatura frente a él mostraba el pecho amarillo y la mirada fiera, era grande la sombra que proyectaba aquella serpiente de unos 18 metros, abrió el hocico y dejó ver los enormes colmillos; Chiscú reaccionó y echó a correr.