Aceite de Ricino
-¡No papá! ¡Ayúdame, mamita! Dile que no me dé esa medicina.
Así gritaba, mientras mi padre colocaba un pedazo de olote en mi boca para que no la cerrara. Despué, poco a poco se fue deslizando dentro de mí aquel líquido viscoso, simple y sin aroma.
-Es para que te cures-, dijo mi madre, acariciándome la cabeza, al mismo tiempo que me quitaba de la boca el pedazo central de la mazorca de maíz.