COLECTIVO CUENTEROS| Nadie tiene por qué enterarse
El tráiler tenía una cabina giratoria moteada de negro y azul. El remolque, de medio metro de largo, portaba seis diminutos autos cromados. Era eléctrico. Daniel había mostrado obsesión por el juguete, desde que lo viera en el aparador del centro comercial, pero sus padres se negaban a comprárselo.
—Francamente, está muy caro —le dijo su padre una noche durante la cena.
—Y en poco tiempo tendrás más interés por las muchachitas que por los juguetes—agregó su madre.
—Yo no quiero saber de eso. —Sacudió la cabeza—. Cómprenme el tráiler.