La dieta mediterránea se basa en consumir menos carnes y carbohidratos, aumentando la ingesta de vegetales. Como resultado, esta dieta puede ayudar a reducir los niveles de azúcar en la sangre, el colesterol y los triglicéridos, beneficiando especialmente a personas sin enfermedades cardíacas y aportando en varios aspectos de la salud.
Este tipo de alimentación suele incluir granos enteros, frutas y verduras, además de alimentos ricos en fibra que mejoran el metabolismo. El complemento ideal son las proteínas provenientes de pescados o mariscos, de acuerdo con el gusto o preferencia de cada persona.
Otro de los beneficios de incorporar esta dieta es la reducción del estrés, lo que contribuye a un mejor rendimiento y concentración, según un estudio del equipo de la Universidad de Binghamton, en Nueva York (Estados Unidos).
La dieta mediterránea también ha demostrado apoyar en la pérdida de peso al incluir alimentos bajos en calorías y ricos en nutrientes, lo que ayuda a reducir el consumo calórico total. Además, puede prevenir enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer, gracias a las propiedades antioxidantes de frutas, verduras y aceites saludables. Su alto contenido de vitaminas y minerales fortalece el sistema inmunológico, mientras que evitar las carnes rojas y procesadas y priorizar alimentos vegetales reduce el riesgo de ciertos tipos de cáncer, como el cáncer de colon.
Por otro lado, Josiemer Mattei, profesora de la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de Harvard, menciona que la dieta mediterránea es especialmente recomendable para mujeres en etapa de embarazo. Además, mejora la salud ósea mediante la ingesta de calcio y vitamina D, presentes en pescados y vegetales de hojas verdes.
Finalmente, es una dieta de fácil acceso, ya que no requiere alimentos específicos difíciles de conseguir, lo cual la hace accesible y sostenible.
Debido a todos estos beneficios para la salud, en 2013 la UNESCO añadió la dieta mediterránea a la lista representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
