Por Rafael Alfonso
Uno de los pilares fundamentales en la atención psicoanalítica gratuita que brindamos a los niños y jóvenes del internado Reyes Mantecón es, paradójicamente, uno de los actos más simples y complejos de la existencia humana: instamos al paciente a hablar. A primera vista, invitar a alguien a que ponga en palabras aquello que le duele parece una obviedad, después de todo, vivimos en una era de hipercomunicación, sin embargo, en el contexto de una institución educativa, este "hablar" adquiere una dimensión distinta.
Es frecuente que algunos jóvenes, con esa lucidez crítica que los caracteriza, me cuestionen la utilidad del dispositivo. "¿Para qué voy a venir aquí a contarle mis problemas?", dicen a veces, "Eso ya lo hago con mis amigos en el patio, con los maestros, o incluso con algún desconocido si el momento lo amerita". Tienen razón en un punto: el ser humano es un animal narrativo. Contamos nuestra historia para sobrevivir.
Sin embargo, existe una brecha abismal entre la charla que se sostiene en una litera o en el patio del internado y la escucha que proponemos en el espacio clínico. La diferencia no radica solo en quién escucha, sino en cómo se invita a hablar.
Cuando iniciamos el proceso con un niño, le pedimos algo que desafía todas las normas de la etiqueta social. Le solicitamos que procure no aplicar juicios de valor a sus pensamientos; que no los edite, no los maquille y, sobre todo, que no los censure. Le pedimos que nos cuente incluso aquello que le resulta penoso, absurdo o "fuera de lugar".
En la vida cotidiana, la comunicación está regida por la autocensura. Cuando hablamos con un amigo o un familiar, inconscientemente seleccionamos qué decir para no ser juzgados, no herir al otro, obtener aprobación o un consejo rápido y en el transcurso, mantener una imagen coherente de nosotros mismos.
Continuará el sábado…
