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Miscelanea / El asesinato de Rubén Jaramillo y su familia

Foto(s): Cortesía
Redacción

Leonardo Pino

"Los trabajadores hemos avanzado poco, y hasta es indispensable que unidos no sólo pidamos menos horas de trabajo como jornada diaria, hoy con toda la experiencia que hemos recogido, debemos pedir que cuanto antes sean nacionalizadas todas las industrias, y fuentes de riqueza nacional, y luchar políticamente, para hacer que el poder público y económico, llegue de una vez por todas como lo dice el artículo 39 constitucional a las manos del pueblo". Rubén Jaramillo, 1962.

El líder campesino Rubén Jaramillo, nació en Xochicalco, Morelos, a principios del siglo pasado y muy joven se alistó en las filas del Ejército Libertador del Sur bajo el liderazgo del general Emiliano Zapata. Terminada el capítulo de la lucha armada, se asentó en su pueblo natal, Tlaquiltenango.

Desde ahí comenzó a organizar un movimiento campesino, sucedáneo del zapatismo de Emiliano, que duró hasta su muerte y fue el nexo entre la lucha agraria de la Revolución Mexicana y las movilizaciones campesinas del resto del siglo pasado. 

Durante la campaña electoral del general Lázaro Cárdenas del Río, en 1934, Jaramillo elaboró un estudio referente a la agricultura morelense, que postuló la construcción de una gran central azucarera. Ese fue el origen del ingenio de Zacatepec, inaugurado por el presidente Cárdenas en 1938 y cuyo primer consejo de administración presidió Jaramillo.

Las luchas políticas, social, electoral y urbano-popular, lideradas por Rubén Jaramillo, originaron su persecución y el odio de la clase dominante y burocracia política. A él lo quisieron corromper con dádivas, con el boato de cargos oprobiosos; lo condenaron, lo amnistiaron para volverlo a acusar de revoltoso y finalmente. Al saber que no mentía, no robaba y que nunca traicionaría a su pueblo, lo asesinaron junto a su compañera encinta, Epifanía Zúñiga, sus tres hijos, Enrique, Filemón y Ricardo, sobrinos, campesinos veteranos y estudiantes. 

Fueron fusilados y rematados el 23 de mayo de 1962, en Xochicalco, Morelos, por órdenes del presidente López Mateos, por una patota al mando del sargento Manuel Justo Díaz, e integrada por elementos de la Policía Judicial Federal y pistoleros de caciques morelenses. 

 

Así se consumó uno de los más atroces crímenes políticos del siglo XX mexicano.

Como siempre, los periódicos achichincles del régimen imperante reseñaron la muerte de “un bandido peligroso”. Por ejemplo, el Excélsior, en su ejemplar del 28 de mayo de 1962, editorializó:

“Rubén Jaramillo, el siniestro personaje, que por mucho tiempo mantuvo en zozobra una vasta región del estado de Morelos… Jaramillo era un delincuente contumaz que asesinaba, asaltaba y robaba; un señor de «horca y cuchillo» que extorsionaba y sometía a su capricho a los ricos y a los pobres de la región que asoló… Bien puede decirse que al asesinarlo le pagaron con su propia moneda; aunque quizás no quepa pensar lo mismo de sus parientes, de quienes, sin embargo, se dice que tampoco eran «blancas palomas».

 Sin embargo, también como siempre, hubo medios dignos, que denunciaron el crimen político del líder campesino y su familia y acusaron a caciques, políticos y militares, como los responsables del asesinato.

Por ejemplo, el maestro Carlos Fuentes, que viajó a Xochicalco días después de consumada la infamia, escribió, con profundo dolor e indignación, en la entonces digna revista Siempre

“Los bajan a empujones, Jaramillo no se contiene: es un león de campo, este hombre de rostro surcado, bigote gris, ojos brillantes y maliciosos, boca firme, sombrero de petate, chamarra de mezclilla, se arroja contra la partida de asesinos; defiende a su mujer, a sus hijos, al niño por nacer; a culatazos lo derrumban, le saltan un ojo. Disparan las subametralladoras Thompson. Epifania se arroja contra los asesinos; le desgarran el rebozo, el vestido, la tiran sobre las piedras. Filemón los injuria; vuelven a disparar las submetralladoras y Filemón se dobla, cae junto a su madre encinta, sobre las piedras, aún vivo, le abren la boca, toman puños de tierra, le separan los dientes, le llenan la boca de tierra entre carcajadas. Ahora todo es más rápido: caen Ricardo y Enrique acribillados; las subametralladoras escupen sobre los cinco cuerpos acribillados. La partida espera el fin de los estertores. Se prolongan. Se acercan con las pistolas en la mano a las frentes de la mujer y los cuatro hombres. Disparan el tiro de gracia. Otra vez el silencio en Xochicalco”.

Las reacciones frente al crimen de Rubén Jaramillo, familia y seguidores, fueron numerosas; se exigió justicia y castigo a los culpables, quienes permanecieron en total impunidad. Recordar la vida y lucha de Rubén Jaramillo, por los derechos de los campesinos, es reivindicar y saldar una deuda histórica con los movimientos sociales que transformaron a México.

En un corrido, dedicado al líder asesinado, José de Molina canta: “Tres jinetes en el cielo, / cabalgan con mucho brío, / esos tres jinetes son: / Che, Zapata y Jaramillo”.


 

 

El amado por Ana y la vida

Leonardo Pino

El poeta Amado Nervo nació en Tepic, Nayarit, el 27 de agosto de 1870 y falleció en Montevideo, Uruguay, el 24 de mayo de 1919, hace 126 años.

 

Muy joven, hizo sus primeros pininos en el periodismo y publicó sus primeros artículos en El Correo de la Tarde. Instalado en la ciudad de México publicó, en El Mundo Ilustrado, la Revista AzulEl Nacional El Imparcial, crónicas, cuentos, y reseñas de obras teatrales y literarias. En el año 1895 dio a conocer su primera novela, El Bachiller, y Místicas y Perlas negras, en 1898. Ambas obras lo destacaron como uno de los poetas jóvenes más destacados del momento.

En abril de 1900, viajó como enviado especial de El Imparcial y de El Mundo Ilustrado, a la Exposición Universal de París. Entonces, recorrió Nueva York, Liverpool, y Londres, hasta llegar a París. 

En París, Nervo se relacionó con la intelectualidad de ambas orillas del océano: Paul Verlaine, Leopoldo Lugones, Eduardo Talero, Luis Quintanilla y Rubén Darío; con este último estableció una amistad de por vida. 

Una tarde de vagabundeo parisino, conoció al amor de su vida: Ana Cecilia Luisa Dailliez. Vivieron juntos once años, hasta que la muerte les arrebató la dicha y convirtió a Ana, en la Amada inmóvil.

En 1902, publicó en México, El éxodo, Las flores del camino, Lira heroica y Los jardines interiores. Su inserción en el modernismo, situó a Nervo entre los autores preferidos del país.

En julio de 1905, se incorporó al servicio diplomático en la embajada de México en España y Portugal. Durante su estancia en la península escribió algunas de sus mejores obras. 

En agosto de 1918, Nervo aceptó un nuevo encargo como ministro diplomático en Argentina y Uruguay. Partió en noviembre y en su itinerario fue recibido con la mayor calidez y admiración en Nueva York, Montevideo y Buenos Aires. Sin embargo, falleció al poco tiempo, a la edad de 48 años. 

El traslado del cuerpo fue una dilatada marcha de homenajes y reconocimiento, en los puertos de Río de Janeiro, Pernambuco, Trinidad, La Guayra, Kingston, La Habana, Progreso y Veracruz. 

En México, sus despojos fueron saludados con 21 salvas y por miles de personas que se congregaron para recibirlo. 

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