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Los elotes

elote
Foto(s): Cortesía
Redacción

Filiberto Santiago Rodríguez

Germán se detiene ante la tumba agrietada por el desprecio, donde la mugre de la lápida le sugiere un olvido de hace mucho tiempo. Sus ojos dejan escurrir lágrimas, que pintadas por la noche parecen llorar tinta negra. “Alejandra Viuda de Gómez, madre y esposa, murió el catorce de octubre de 1970”, dice el primer párrafo del epitafio. Aún en la luz del anochecer, se puede apreciar la mirada de fuego del hijo que se sintió traicionado.

El traje norteño, hecho a la medida, hace juego con su sombrero y las botas tejanas. Dedos, muñeca y cuello son escaparates de aparador, donde brillan joyas con pedrería que parecen tener luz propia. En su cintura se asoma en forma discreta, la cacha dorada de una pistola. A lo lejos, dos hombres armados esperan de pie, junto a una camioneta con vidrios polarizados.

Ese día, el viento se resbaló cansado hacia el valle de San Juan de los Elotes. El pueblo se encontraba aprisionado entre los verdes de pinos y milpas, mientras una fragancia de ostracismo permeaba sobre las calles baldías y el abandono parecía enroscarse en las piedras con perfiles de pedazos de luna.

Mientras unas hojas marrones corrían por los callejones, empujadas por el aliento de las nubes, Germán se encontraba congelado ante los vestigios de Doña Alejandra. Se imaginó ver a su padre morir ahogado, cuando estaba comiendo chileatole. Un platillo que en San Juan se hacía con granos de maíz tierno, flor de calabaza y chile. Con apenas nueve años, miró sus manos crispadas arañando el vacío, para llevarse un poco de aire a sus pulmones. Tiempo después, solo observó los ojos fijos atisbando al mundo incorpóreo de la eternidad.

Las botas, hechas con piel de serpiente de cascabel, recorrían la sepultura sembrada en esa ciudad donde los vivos son unos intrusos. En una pared que alguna vez quiso ser blanca, un alma piadosa escribió con letras espasmódicas una petición nacida de las profundidades de la tierra. Es como si Doña Alejandra Viuda de Gómez gritase: “Apiadaos de esta alma, al menos vosotros que fueron mis amigos”. Al pie de la leyenda se encuentra pintada una cruz que hace muchos años fue de color café.

Al principio, Germán extrañó la compañía de su padre. Las caminatas por el bosque, los chapuzones en el río donde su papá le enseñó a nadar y hasta los regaños que le daba de vez en cuando. Sin embargo, ya junto a su madre, los dos solos, recorrían los campos saboreando el verde de las plantas, brincando de gusto cuando las milpas espigaban o cuando jiloteaban y reían cortando elotes, y también cuando pizcaban. Ahora que su padre había muerto, su mayor anhelo era estudiar una carrera que le ayudara a cuidar de sus sembradíos de maíz, porque estaba seguro de que el campo era su destino, como lo había sido de sus padres y de todos sus antepasados.

Una tarde, su madre no pudo acompañarlo, así que vagó sin rumbo, cobijado por las hojas de los eloteros. Cambiaba de surcos en forma incesante como si buscara su propio camino, y lo encontró.

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