Fausta Ibáñez Ríos
El día transcurrió completamente normal sin nada que me inquietara, pero casi al punto de las 12 de la noche, al salir de la cocina, descubrí un alacrán que caminaba rápidamente en el blanco piso.
Me quedé paralizada por un momento pensando qué hacer. Imaginé que sus negros ojos clavaban su mirada en mi ser. Se dirigió a la puerta del patio, se quedó inmóvil un instante, empezó a caminar nuevamente, ahora en dirección hacia mí.
Uno de mis primeros impulsos fue atraparlo poniendo un vaso sobre él, como había visto hacer a mi hermano alguna vez —recordé una escena de la película "Aracnofobia", donde las arañas atacaban a las personas—; inmediatamente descarté la idea por temor que me saltara a la cara; pensé huir, imaginando que tras él saldrían muchos más y pronto estaría rodeada de ellos, prestos a devorarme.
“Son carnívoros”, pensé, eliminando de mi mente que lo que comen son insectos y que no todos son venenosos. De pequeña me picó uno y fui a parar al hospital; ahora pensé en gritar, pero me negué a hacerlo porque me dije: “No seas cobarde”. Me dirigí a la otra puerta de la cocina donde el alacrán no me vería, pero estaba descalza, y esa área, obscura. Como de rayo corrí hacia aquella puerta, traté de abrirla rápidamente, subí por la escalera y tomé la escoba que estaba en el baño.
Le di el primer golpe, lo dividí en dos, ahora veía moviéndose por un lado la cola y por otro, el cuerpo. Le asesté otro porrazo, esta vez quedó aplastado pero aún con vida, pues cuando lo tocaba con mi arma, se movía, lo mismo la cola; al verlo destruido de esa manera, empecé a tener sentimientos encontrados; sabía que sentía dolor, sin embargo, no me atreví a acabar con él.
Esa noche me tomé tiempo para investigar acerca de los alacranes. Por las características que observé, me enteré de que mi víctima no era venenosa: color negro, pinzas anchas y cortas.
Por la mañana recordaba la escena y cómo me entregué a la fantasía.
La cualidad de los individuos es la creación. Una de ellas es la fantasía que también recreamos cuantas veces nos es necesario en lo que llamamos realidad.
