Mónica Ortiz Sampablo // Última de dos partes
Después de juntar un botín con paletones, caramelos macizos, nueces y algunas palanquetas, Rutilio continuó su narración, no sin antes echarse a la boca un puñado de golosinas que desaparecieron entre la cordillera de su dentadura desgastada.
Encontré a Toro muy lastimado a orillas de arroyo, con la respiración agitada; no era aquella bestia que me había dado tremenda cornada, me miraba como pidiéndome perdón; la mera verdad, no sé de dónde saqué fuerza para echármelo a la espalda y llegar hasta mi jacal, ahí lo curé, desde entonces nos hicimos amigos.
Mientras escuchábamos, cruzamos miradas de asombro, porque efectivamente Rutilio había desarrollado una fuerza impresionante, que por cierto solo usaba para ayudar. Aunque en más de una ocasión algún bravucón se acercó a provocarlo, nuestro amigo se daba la vuelta, siempre acompañado de su inseparable Toro. Pero llegó el día en que Toro se fue, el corazón de Rutilio se agotó de tanta melancolía, los dulces que le llevábamos para animarlo dejaron de ser la medicina que hacía brillar sus ojos. Después de la escuela lo buscábamos afanosos, para hacerle cosquillas, pero parecía una piedra, encogido en su petate, silente, con la mirada en otro mundo.
Pasaron los días, las abuelas le llevaron un toro que entre todas compraron a don Lencho y le pusieron un gran moño, caminaba con torpeza, pues era un toro viejo. Mi abuela quitó la aldaba, se acercó. “Está frío”, dijo. Las mujeres soltaron el llanto y aquello pronto comenzaría a parecer un velorio; en eso estaban cuando interrumpimos bruscamente entre gritos; Juventino, uno de los niños, había caído por accidente al pozo. Todo era caos; entre llantos indistintos, la abuela del niño accidentado se echó encima del cuerpo de Rutilio rogándole que despertara. Cuál fue la sorpresa cuando se incorporó como por un impulso mágico, se calzó los huaraches y corrió hacia el lugar en el que los gritos del pequeño Juve eran esperanzadores. Rutilio lanzó un mecate y le dio instrucciones al niño para poder jalarlo; en menos de lo que canta un gallo, fuimos testigos de uno de tantos prodigios que por acá en el pueblo siempre ocurren. Lo que antes era llantos, ahora era alegría. Rutilio agradeció a las abuelas su gesto, pero no se quedó con el animal que llevaron para compensar su pérdida. Pidió que a partir de ese día le llamáramos Toro.
