Antía Alfonso
El pan es el alimento por excelencia, la metáfora perfecta de la saciedad. La religión utiliza su figura para representar el cuerpo de su principal mártir y la súplica del sustento: el pan nuestro de cada día.
Como si se tratara de una receta, la escritora canadiense Margaret Atwood (1955) va añadiendo una a una y cuidadosamente las historias que componen su relato "Pan" (1986). Tal como ocurre en los libros de cocina, la autora nos va indicando qué hacer. Paso a paso nos conduce a seguir sus instrucciones, a pensar como posibles los escenarios que plantea.
Esa invitación comienza con la palabra “imagina”, misma que se repite a lo largo del texto y que cada vez trae consigo un dilema moral para el que no existe respuesta correcta.
A lo largo de su vasta carrera literaria, Margaret se ha caracterizado por romper las narrativas convencionales, pero también por abordar temas sociales y políticos. En este relato, dicha preocupación se deja ver cuando nos conduce hacia la hambruna de la guerra y nos pone a elegir entre el instinto de supervivencia y el amor por la familia.
Ocurre lo mismo cuando nos lleva ser presos políticos cuya subsistencia depende de delatar o no a los compañeros de lucha, o cuando narra un viejo cuento alemán sobre dos hermanas que en realidad se trata de la avaricia y el castigo. Todos estos fragmentos, aparentemente desunidos, se estructuran a partir del leitmotiv que supone el pan.
Los ejercicios de visualización son claves en la composición de esta historia. Se advierte desde un inicio: para eso sirve la mente. A partir de pequeños rituales, la autora se encarga de devolvernos a la seguridad de lo cotidiano, sólo para recordarnos, momentos después, la inevitable realidad de la muerte.
El relato entero es un procedimiento casi obligado de empatía. Con un público originalmente anglosajón y de clase media a alta, Atwood se aleja de argumentos probables y transforma su texto en un sitio neutro, donde por un momento se abandonan los privilegios propios para visualizar horizontalmente la fragilidad del otro, sin caer en la perpendicularidad que supone la lástima o la misericordia.
