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Lecturas para la vida: Olivia, Paolo y la sombra

lecturas
Foto(s): Cortesía
Redacción

Daniela Clarisa Concha León

Me encontraba en el pesimismo de mis pensamientos cuando la lluvia irrumpió. No he sido fan de acompañar mis tristezas con cambios climáticos, sobre todo si incluyen gris y frío. Intenté abandonar las ideas que estaban aplastando mi buen ánimo; lo único que conseguí fue una derrota al respecto y sumarle un reproche más al no poder detenerlos.

En mi mente, un bucle de catástrofes sucedía; de repente, escuché un ruido en la parte trasera de mi habitación. Otra vez Paolo jugando con su sombra —pensé—; sin embargo, el maullido a mi lado me sorprendió, Paolo acababa de entrar a la habitación. Fue extraño, pero no sentí miedo, la sensación era vaga y conocida, mi impulso no fue huir. Mi cuerpo bajó la guardia al grado de tener inmensas ganas de dormir. La comodidad de mi cama, la suavidad de mi ropa y la dulzura del ambiente me parecían de los placeres más extasiantes.

En unos instantes, la felicidad y la paz me hicieron compañía, todo el tormento anterior se detuvo. Sentí que la vida estaba en pausa, todo quedó estático, incluidos el aire y mi mente. Yo sólo era una cosa sintiendo que la vida era simplemente bella. Incluso aquello que salió del clóset me pareció gracioso, extrañamente acogedor. En alguna parte de mi mente tenía el registro de que aquel ser era un gran amigo, así que corrí a abrazarlo.

—¡Me recuerdas! —dijo poco antes de despertar. El sueño había terminado. De vuelta a la realidad, me fui a la escuela sin la tarea hecha, y con la necesidad de explicar por qué no la hice. 

Paolo se la comió… sí la hice, pero de camino aquí la perdí. Creo que me la robaron, o … simplemente no tenía ganas. Por supuesto esto último no se lo diré a la Miss, sería un suicidio social, así que tendré que decir que perdí mi libreta de tareas.

Es curioso, la maestra sabe tanto como yo que eso es mentira, pero el hecho de que ella siempre quiera congraciarse con mi papá, me exime de toda reprimenda. Al parecer, la mirada de mi padre tiene un precio y yo he aprendido a negociarla implícitamente.

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