Antía Alfonso
Un hombre debe matar un perro. No es algo que desee, sino un requisito indispensable para entrar, ¿a dónde?, ¿a qué?; no se dice, pero tampoco es difícil de suponer cuando habla del dinero que obtendrá en caso de conseguirlo.
Necesita matar a uno de los tantos perros de la plaza para demostrar que es capaz de hacerle lo mismo a una persona, y debe hacerlo a palazos para probar que la sangre no le retuerce las entrañas. El Topo es el único que lo acompaña, dándole indicaciones sin mirarlo, escondiendo sus ojos burlones detrás de unos lentes oscuros. Mientras mete a la víctima escogida en la cajuela, un borracho le advierte que los perros no olvidan.
Se ha escrito mucho acerca del asesinato; personas que se aniquilan entre sí por dinero, por celos, por orgullo. Es por eso que “Matar un perro” deja al lector indefenso, porque es una metáfora de la cultura de la violencia y logra plasmar un fenómeno social sumamente complejo en unas cuantas líneas.
El perro no hizo nada más que existir, no puede decirse que provocó al asesino, que se lo buscó, que no tenía por qué estar en la plaza, como tantas veces se dice de otras víctimas.
La aparente necesidad lleva al protagonista a entrar a un juego en el que, sea cual sea el resultado, no ganará porque a la organización criminal, representada por El Topo, no le importa él sino su potencial fuerza de trabajo, traducida en exterminar sin un ápice de duda.
Samanta Schweblin cuenta esta historia en la piel del asesino, desde el momento en el que sube al peugot hasta el desenlace inesperado, fatídico, pero aparentemente justo.
La narración cruda y vívida de la autora provoca que sea fácil experimentar los nervios y la adrenalina que siente el hombre a lo largo de todo el cuento, hace que uno se pregunte a qué estaría dispuesto con tal de obtener dinero en este mundo voraz y hambriento.
Incluso permite sentir una empatía oscilante que se desvanece cuando la sangre lo ha cubierto todo y vuelve cuando recordamos junto al asesino que los perros no olvidan, que las personas tampoco deberíamos olvidar.
