Fausta Ibáñez Ríos
Leo era el segundo hijo de unos campesinos. A la edad de 8 años acompañaba a su padre todas las mañanas a cortar pastura para las vacas antes de irse a la escuela, por lo cual regularmente llegaba después de la hora de entrada, lo cual ocasionaba que la maestra lo castigara y cuando él le decía a su mamá que no lo querían dejar entrar por llegar tarde, su madre iba a reclamar a la maestra y ella se enojaba con él.
Por otro lado, los niños se burlaban de Leo, porque muchas veces llegaba a la escuela con la ropa que su mamá le remendaba y las botas de hule que usaba para el campo, pues no le daba tiempo de cambiarse.
En la escuela le empezaron a llamar "el campesino de lujo". Leo vivía siempre con vergüenza en la escuela, por el apodo que le pusieron y su forma de vestir en comparación con los niños que iban bien vestidos, con calcetines, zapatos e incluso algunos que iban hasta perfumados.
Cada día era un martirio llegar y exponerse a la burla de sus compañeros y los castigos de la maestra; lo peor llegó cuando reprobó el año escolar, pues su madre se enojó tanto con él que le cuestionó por qué había reprobado, le pegó y lo amenazó con un castigo mayor si volvía a reprobar.
En la secundaria, los conflictos fueron en aumento, algunas veces quiso huir de su casa para cambiar su destino; dos veces salió rumbo a la Ciudad de México, pero llegar y enfrentarse a la gran ciudad le provocaba mucho miedo y volvía nuevamente a casa.
Con la mayoría de edad y el deseo de zafarse del yugo paterno, por fin inició su vida fuera de casa y al poco tiempo se casó. A pesar de los años no ha olvidado los recuerdos de su infancia triste y sus sueños truncados de ser médico; el nudo en la garganta cuando cuenta su historia, muestra el dolor que aún alberga en su alma a pesar de ser un hombre responsable y querido por su familia.
