Daniela Clarisa Concha León
Cae la noche, es hora de cerrar la persiana. La oscuridad empieza a invadir la habitación. Los cuatro focos que tengo en un espacio de tres por tres no son suficientes para quitarme este miedo a quedar en la oscuridad; no bastan para sosegar este sentimiento que me asfixia.
En un arrebato, salgo de la habitación, el viento mueve el follaje del árbol junto a mi casa y no es suficiente. El aire no llega a mis pulmones, el dolor invade mi pecho; empecé a correr para distraer la sensación, no funciona; en un estado de desesperación entré a comprar el agua más fría que encontré, acto que desconcertó tanto a la dependienta que no me cobró. Sentí alivio cuando el agua recorrió desde mi frente hasta mi pecho.
Ahora puedo ver con claridad, no sé dónde estoy. Corrí tanto y sin mirar a mi alrededor que me he perdido, mi reloj marca las dos de la mañana, nadie está en la calle y ahora la soledad está afuera de mí.
Observo todo, hay pocas casas alrededor, debajo de mis pies siento la molestia de piedras y algunos vidrios, es algo característico cuando no hay pavimento. Al parecer es la última calle de este lugar, pues logro ver el cerro, oscuro y cercano. Sólo un foco fuera de una débil barda de lámina ilumina este lugar.
—Es hora de irme— me digo en silencio. Tengo la inquietante sensación de familiaridad con este lugar y, de alguna forma, sé con urgencia que no debo permitirme más tiempo aquí.
Camino y un pensamiento aparece sin que yo lo entienda.
—Se ha roto— una risa que viene detrás mío, cerca del cerro, se escucha y como si leyera mi mente, responde.
—Lo has roto, lo has roto, querida.
No me atrevo a voltear, continúo caminando.
La presión que siento es tan grande, que percibo que algo viene detrás de mí y me apresura.
Continuará el próximo sábado…
