Daniela Clarisa Concha León / Colaboradora
Al fin mi deseo se cumplió. ¿Cómo lo sé? Detrás del armario escucho los rasguños que auguran mi partida de este plano. Me acerco poco a poco, pues, aunque esos mundos me son familiares, conozco sus riesgos, solo bastó que empujara la puerta unos milímetros.
Ahora me encuentro en un nuevo escenario. Estoy sobre un enorme y poco cómodo nenúfar. No hay paredes, todo es blanco, sólo se ve el agua que se sostiene de la nada, está lleno de nenúfares y flores de loto que se mecen lenta e inquietantemente, volteo a todas partes y veo el kiosko en medio de este confuso lugar. Sentir que no tengo un soporte bajo los pies o a mis costados me hace caminar torpemente, parezco una pequeña de dos años, aprendiendo a caminar. El nenúfar que me transportaba comienza a empujarme, parece comunicarse conmigo de una forma distinta, pero entiendo el mensaje y es que debo avanzar por ese camino ondulado, sobre las flores que van directo al kiosco. Así lo hago. Tengo tanto descontrol y miedo a caer en el agua que mis ojos sólo ven mis pies. Izquierda, derecha, me detengo cada dos pasos; voy tan absorta en ellos que no veo a mi amigo, sólo siento su calidez y su gran bufar, está aquí, enorme e imponente con sus ojos fijos en mí.
Siento un gran escalofrío y unas enormes ganas de abrazarlo, pero no lo hago. Es la forma en que le demuestro que estoy molesta, hace años que no me visita y tampoco me acompaña.
¡Amigo Búfalo, al fin te veo! Él se coloca frente a mí, y nuestra comunicación sin palabras inicia. Ambos miramos el mundo donde estoy, le hago saber que es un poco solitario. Él asiente, y justo cuando él está a punto de decirme algo, el frío me despierta, es el agua helada que cae sobre mi rostro, nuevamente mi madre entre gritos y sollozos me ha alejado de mi amigo.
