En La Caperucita Roja hay algo terriblemente perturbador: el encuentro que se da en un lecho entre una niña -la más linda de las aldeanas- y una bestia del bosque -a la que ella confunde con su abuela-, imagen que quedará grabada de forma indeleble en el imaginario colectivo de varias generaciones.
Caperucita roja forma parte de la colección de ocho cuentos publicados en 1697 por Charles Perrault y que lleva por nombre Cuentos de antaño con sus moralejas, título cuyo éxito le valió ser “pirateado” dos veces en el mismo año de su publicación.
Es importante precisar que si bien el autor francés no inventa a la Caperucita Roja -ya que se trata de un personaje del folclore popular diseminado por toda Europa-, sí es el primero en crear con esta historia una obra literaria de renombre, incluso inaugurando un género que ha hecho la delicia de chicos y grandes.
En la versión de Perrault aparecen elementos que forman parte indisoluble de la comprensión del cuento, y que no están presentes en otras. La obra tiene un carácter formativo que, al igual que cada uno de los relatos de esta colección, cierra con una moraleja.
Después de servir por décadas en la administración pública y de haber basado su carrera literaria en escribir loas al rey, Perrault sufrió en un mismo año de dos importantes descalabros: fue retirado de la academia y perdió a su mujer tras dar a luz a su último hijo. Ahí toma la decisión de dedicarse por entero a la educación de sus pequeños.
Volviendo a nuestro cuento, encontramos que la pobre Caperucita Roja no sabía que fuera peligroso detenerse a escuchar al lobo, ya que esta versión, carece de las advertencias de la madre. La mujer se limita a mandar a Caperucita con su abuela para llevarle una torta y manteca. La cándida niña le da al lobo la información necesaria para llegar a casa de la anciana, a donde se dirige de inmediato mientras Caperucita se queda recogiendo avellanas y florecillas.
Una vez dentro de la casa, el lobo comete su fechoría: se come a la abuela y ocupa su lugar en la cama, sin disfrazarse ni nada, como cuentan otros autores.
Así encuentra Caperucita al lobo, al que sigue obedeciendo cuando este le dice:
-Deja la torta y el tarrito de manteca encima de la mesa y vente a acostar conmigo.
Caperucita así lo hace, se desnuda y se mete a la cama. Entonces tiene lugar el diálogo que todo mundo recuerda.
-Tienes los brazos muy largos.
-Para abrazarte mejor.
-Tienes las piernas muy largas.
-Para correr mejor…- y así sucesivamente, hasta llegar a:
-Tienes los dientes muy grandes.
Y sucede que el lobo se come a la niña, hecho que los muy pequeños entienden de manera literal y los más grandes interpretan de otras formas. Precisamente a ellos va dedicada la moraleja que el autor incluye al final.
La niña bonita/ la que no lo sea/ a todas alcanza/ esta moraleja./ Mucho miedo, mucho/ al lobo le tenga/ que a veces es joven/ de buena presencia/ de palabras dulces/ de grandes promesas/ tan pronto olvidadas/ como fueron hechas.
Cabe recordar que al final, en la versión de Perrault, no existe leñador que saque a las víctimas de la panza del animal para después darle muerte; el lobo simplemente se come a las dos.
La pobre Caperucita no sabía que fuera peligroso detenerse a escuchar al lobo.

