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EL LECTOR FURTIVO: Ideales vs realidad en la historia de Andrés

lector
Foto(s): Cortesía
Redacción

Rafael Alfonso

El idealismo ha campeado por la cultura occidental durante los últimos siglos. Desde el romanticismo, se ha exacerbado en las personas la idea de que lo que cada quien piensa o siente puede ser la medida de todas las cosas. 

Hoy en día pareciera que por fuerza debemos tomar en cuenta el pensar de cada individuo para poder expresarnos, incluso en ocasiones el temor de ofender, y por tanto a ser sujetos de corrección política, limita enormemente la libertad humana, aunque muchas veces las ideas enarboladas resulten ajenas a la experiencia de la realidad.

La historia de Andresillo

En una de sus primeras aventuras, Don Quijote escucha los lamentos de un desdichado jovencito que amarrado de un árbol y semidesnudo recibe azotes por parte de su amo, un labrador. Decidido como estaba nuestro caballero a desfacer entuertos, se acerca a la escena muy indignado, para retar a un duelo al castigador. Este explica ser labrador y castigar a su criado por haber perdido varias ovejas que debe guardar y también por acusarlo de no pagarle su sueldo. 

A Don Quijote, como quizá a ninguno de nosotros, le parece suficiente razón para ser azotado, así que exige desate al muchacho, que dé por olvidado el asunto de las ovejas perdidas y que compense al mozo con dinero para curar sus heridas. El hombre parece aceptar sin reparos lo mandado por Don Quijote, más por miedo que por razón; aquí habremos de recordar que Don Quijote está armado y se muestra amenazante al hombre. Don Quijote queda conforme con la respuesta del hombre, aunque el chico, no sin razón, duda de esto último, pues el labrador no pertenece a orden alguna y lo cree capaz de desobedecer.

—No hará tal —replicó don Quijote—: basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recebido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga.

El ideal

Don Quijote, creyendo ser el último de los Caballeros andantes, se rige por el Código de honor de la Orden de Caballería a la cual cree pertenecer, mismo que está lleno de estándares de conducta idealizados. Este código le exige, entre otras cosas, que restablezca la justicia cuando perciba que ésta ha sido quebrantada, como es el caso del jovencito azotado. Por esta razón, Don Quijote exige al hombre su palabra de que no hará más daño al chico y le advierte que, de no cumplirla, regresará a castigarlo.

Los términos de la realidad

Como el joven criado supone, apenas Don Quijote desaparece de la vista, su amo vuelve a amarrarlo y al castigo corporal se ha de sumar ahora el escarnio con expresiones como: “Por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda, por acrecentar la paga" y "Llamad, señor Andrés, ahora al desfacedor de agravios, veréis cómo no desface aquéste”.

En esta aventura del capítulo cuarto de "El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha", Miguel de Cervantes expresa claramente esta dialéctica entre el ideal y la realidad que estará presente en todo el resto de la obra.

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