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El lector furtivo: Exhortación

Manos escribiendo
Foto(s): Cortesía
Luis Ángel Márquez

Rafael Alfonso

 

Estoy convencido de que, en su forma más elemental, un autor no es más que un lector desbordado. Las lecturas constantes son por fuerza, generadoras de nuevas ideas, a grado tal de que estas suelen convertirse en el motor de una imperiosa necesidad: plasmar una creación propia.

Asumiendo tal cosa como un derecho, y quizá hasta como una obligación -ya saben, como lo de sembrar un árbol y tener un hijo- creo en verdad que todos deberíamos escribir ese libro que sea expresión concreta de nuestras ideas. No hablamos de cualquier libro, si es que en el universo pudiera existir un “libro cualquiera”. El libro en cuestión debería sacudir fantasmas, llevar mas allá los límites de la imaginación de su autor, explorar en los recursos literarios como en una tienda de juguetes, ser propositivo, valiente, rico en su propia capacidad comunicativa, esto sin importar el género; aquí no solo cabe la literatura, porque bien podríamos hablar de un libro de divulgación o incluso de ciencias duras.

Una tarea complicada quizá, pero no imposible. Lo han hecho otros desde el inicio de los tiempos, con medios mucho más precarios que los nuestros: Enjeduana, Homero, Safo, Vālmīki, Viasa , Esopo, Platón, Sófocles, Aristófanes, Eurípides, así como la invasión latina de Ovidio, Catulo, Petronio y compañía; incluso un mono (Hánuman) amenazó con crear el poema más hermoso del mundo, de lo cual desistió gracias a las súplicas de los sacerdotes.

Escribieron libros revolucionarios Dante, Shakespeare, Cervantes, Quevedo, Andersen, Perrault, Dickens, Whitman, Austen, Woolf, y sabemos, por supuesto, que también aquí en México, se cuecen habas. Lo han hecho Sor Juana, Rulfo, Borges, Garro, Paz, Sabines y Castellanos… y Pacheco… y Monsiváis y tantos otros cuya simple enumeración sería interminable, entonces es momento de plantearse seriamente ¿por qué yo no?, que es a un tiempo pregunta y respuesta.

Por supuesto, hay que ponerse el overol y entintarse los dedos. Como en el taller de un artesano, se deben pasar horas de esfuerzo físico, sudando la gota gorda, primero frente a la página en blanco y después frente esa otra página, la que contienen nuestros primeros garabatos -y que exige recortar, pulir, limar, ajustar-, misma que requerirá una constante reescritura, además de lidiar con esa fantasía recurrente de que cuanto escribimos es bueno.

Sin embargo, como en todo, se comienza con un pequeño paso, el primero de tantos, el que más cuesta. Todos tenemos el derecho a escribir ese libro, y lo digo sin ironía ni sarcasmo, que solo son graciosos cuando se hacen acompañar de una inteligencia sobresaliente -no es el caso-. Esto que ahora escribo, es una exhortación a todos los desbordados. ¡Hay que hacerlo!, hay que escribir esa obra, ya después se verá si el resultado es publicable o no. De ser así, seguro habrá forma de que este nuevo título salga a la búsqueda de un lector necesariamente furtivo.

Si esto le ha conmovido positivamente, corra a la papelería y asuma que no está usted comprando un simple cuaderno, sino un libro que aún no ha sido escrito; lo que puede ser un gran propósito y un hermoso deseo para el próximo año.

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