La narradora, crítica y profesora Nora de la Cruz devela el rostro menos romántico de la maternidad en “Duerme, cicatriz”, con una prosa incisiva, que combina humor y empatía, muestra el carácter femenino en su momento más vulnerable. Es el más reciente lanzamiento de la también doctora en Teoría Literaria.
En el umbral de una amenaza de aborto, “Duerme, cicatriz” (Tusquets, 2025) nos acerca a Lina, una mujer que, enfrentando la fragilidad de su embarazo, comienza una indagación profunda en su historia personal: su relación con su madre, sus amigas, sus parejas y con su propio cuerpo. Narrada con crudeza, lucidez y una ternura contenida, la novela desarma sin sensacionalismos el mito de la maternidad ideal. El cuerpo femenino -su sangre, sus heridas, su memoria- es aquí el escenario y el archivo donde se esculpen el deseo, la culpa, el miedo y la posibilidad de renacimiento.
Prosa quirúrgica
A través de una prosa quirúrgica, pero empática, Nora de la Cruz sumerge al lector en una historia íntima que interpela lo social. “Duerme, cicatriz” es su segunda novela, sobre el cuerpo como territorio afectivo y político. Lina, su protagonista, es una mujer que sangra, que desea, que no encaja en el molde de una mujer ejemplar. En la sangre, -menstrual, sexual, materna, herida-, se cifra su relato.
Nora de la Cruz escribe desde un lugar de memoria visceral y pensamiento feminista. El embarazo, el aborto, la infancia, las amistades, la educación sentimental: todo se articula en una voz que no teme al dolor ni a la ambigüedad y que puede conjugar de excelente forma los periplos del sistema de salud pública con el humor característico de la escritora.
De qué va
En “Duerme, cicatriz” vemos a través de los ojos de Evangelina Roque Ruiz, quien prefiere que la llamen Lina, en un intento por alejarse de ese nombre tan adulto, tan de ancianita del cine de oro mexicano, en palabras de la autora.
Lina siempre se ha sentido fuera de lugar. El primer momento en que lo supo con claridad fue en sexto grado, cuando todas empezaron a menstruar menos ella. Mientras las demás comentaban cambios, dolores y toallas sanitarias en los baños de la escuela en una suerte de cofradía, Lina observaba desde fuera, sin saber cómo entrar en esa conversación. Pero no estaba sola: Georgina, su primera amiga, también había quedado rezagada en la cadena evolutiva de la menstruación.
Juntas compartieron esa espera, la incomodidad de no pertenecer del todo. Tomaron clases de ballet, -ya que sus madres estaban preocupadas porque no tenía la esbelta figura de sus compañeras-. Georgina, Geo se adaptó, su cuerpo se transformó y sus habilidades en el ballet la hicieron pasar a la parte delantera del salón, mientras Lina se quedaba atrás, ahí se terminó esa amistad y sucedió la primera ruptura de Lina porque “A los trece, mejor amiga es la forma más apasionada del amor, al menos en mi experiencia”.
Después de esta primera ruptura, Lina se acercó a su padre con quien compartía el gusto por la música hasta que llegó Isela, una chica mayor, más experimentada y con un gustó musical totalmente diferente y nuevo. Terminaron siendo confidentes en una amistad todavía infantil pero con ansias de descubrir un mundo lleno de sexualidad. Finalmente, como sucede con las amistades en la adolescencia, sus vidas se fueron por caminos diferentes.
Lidia llegó en la época de la universidad. Era una mujer muy distinta a Lina, casi su opuesto, pero fue -y sigue siendo- esa amiga que, pese a las decisiones, los desencuentros y las formas tan distintas de habitar el mundo, permanece.
A través de cada una de las relaciones que Lina construye —y a veces, pierde—, la novela se puebla de mujeres complejas, contradictorias, llenas de luces y sombras. No hay amistades perfectas aquí. Las mujeres en su vida también la han roto, la han confrontado, la han hecho cuestionarse. Y es precisamente esta complejización de los vínculos femeninos lo que llena la novela de matices, de vida real, de aristas que duelen y al mismo tiempo conmueven.
La amistad femenina
Lina llegó “tarde” al gusto por los hombres. Mientras sus compañeras hablaban de novios, besos y caricias furtivas en los pasillos de la secundaria, ella todavía vivía en un mundo infantil lleno de música. Pero bastó un beso, su primer beso, para que todo cambiara.
Después de eso, pensar en sexo se volvió inevitable. Un mundo completamente nuevo empezó a dibujarse en su cabeza, hecho de cuerpos que se buscaban, que se tocaban, que se deseaban. Llegaron los primeros novios, las primeras relaciones, las primeras veces que entendió que el disfrute también podía ser suyo. No era inmediato ni fácil —porque el deseo, para Lina, no estaba disociado del miedo—, pero cada encuentro abría la posibilidad de habitar su cuerpo de otra manera.
Hasta que apareció Tito: un hombre mayor; una estrella medio olvidada en el mundo de la música, pero estrella a fin de cuentas; alguien a quien ella admiraba. Tito, como era de esperarse, hizo uso de sus encantos de seducción y ultrajó su cuerpo con una frialdad disfrazada de carisma.
Un grano malva sobre un puente de algodón
“Esta historia comienza con la palabra sangre”. En Duerme, cicatriz, la sangre y el cuerpo son mucho más que símbolos: son el hilo conductor de una historia escrita desde la dificultad de crecer fuera de molde. La sangre como signo de lo que se transforma, lo que duele, lo que se hereda y lo que se rompe. El cuerpo como el lugar donde todo ocurre: el deseo, la violencia, la diferencia, el amor.
Lina nunca fue como su hermana Elisa —madre joven, esposa perfecta, mujer de calendario familiar y pañales organizados—. Mientras Elisa se acomodaba de forma natural a lo que se esperaba de ella, Lina crecía en la disidencia: se salía del guion, dudaba, rompía, se rearmaba. Siempre fue diferente. Siempre fue esa niña que no menstruó a tiempo, que no entendía el juego de los otros, que descubrió el deseo tarde y el dolor muy pronto.
En cada etapa de su vida, Lina carga con el cuerpo como memoria, como archivo. Desde la primera menstruación hasta el primer beso, desde la primera vez que gozó hasta la primera vez que fue violentada. El cuerpo recuerda. Y a veces, para seguir adelante, no queda más que dormir la herida… hasta que cicatrice.
Conócela
Nora de la Cruz (Estado de México, 1983). Doctora en Teoría Literaria por la UAM-I. Es narradora, traductora, crítica y profesora. Ha publicado la novela “¡Te amaba y me chingaste!” (2018; próxima publicación en Maxi Tusquets) y el libro de cuentos “Orillas” (2018). Gestiona el canal de Youtube Interior 403, dedicado a la crítica y promoción de la lectura, y la editorial independiente del mismo nombre.
“Sin saberlo, el descomunal se ha alineado con la opinión que desde muy temprana edad se había formado en mi familia. No todas las mujeres habían nacido para ser madres, para ser buenas, para ser nobles, para ser bellas. Yo era descuidada y sucia, y sólo pensaba en frivolidades. Yo nunca aprendería a cocinar. Yo no sabía cuidar mis cosa”.
