Antía Alfonso
Tía Domitila vivía sola con sus canarios. No la visitábamos mucho porque su existencia era de esas que terminan guardándose en un cajón de la memoria.
Me acuerdo de ella porque era muy flaca y siempre usaba trenzas. Además de flaca, Tía Domitila era casi ciega, pero aprendió a conocer la casa de forma milimétrica a base de golpes. Cuando dejó de ver los colores desarrolló la capacidad de diferenciar al canario amarillo del verde con solo tocarlos.
Tía Domi nunca fue hermosa, pero era piadosa. Iba a la iglesia todos los días y preparaba a los niños del pueblo para su primera comunión. Una vez un acólito quiso casarse con ella y cuando lo rechazó se hizo sacerdote.
Todos decían que tenía vocación de monja, pero cuando la bisabuela Mari cayó enferma, ella se entregó completamente a su cuidado. Muy pronto en su vida las trenzas se convirtieron en hilos blancos.
Siempre pensé que la bisabuela se alimentaba de su energía porque en sus últimos días madre e hija parecían de la misma edad. Una de las veces que la visitamos me regaló una muñeca que tenía el mismo cabello encanecido que ella. Le di las gracias y la abracé, fue uno de los pocos abrazos que tuvimos. No sé dónde quedó, la habré perdido entre los juguetes de la infancia. Cuando la bisabuela Mari murió, la tía Domi se quedó sola con los canarios cuyos nombres nadie recuerda.
Todos dejamos de verla. Mi mamá me contó que un día fue a su casa para buscar unos papeles y la encontró triste porque nadie había recordado su último cumpleaños.
Después de unas semanas un olor extraño llegó a las casas colindantes. Encontraron a la tía Domi sentada en el sillón de la sala, con las mismas trenzas de siempre y el único vestido colorido que tenía. Al funeral solo fue la familia cercana y algunos vecinos. La enterraron en el mismo lugar que a la bisabuela e hicieron una pequeña comida en la casa que ella recorría a tientas. Mientras comíamos todo era silencio. Entonces notamos que los canarios también habían muerto en su jaula.
