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Lecturas para la vida: "Quiero vivir en pareja"

Foto(s): Cortesía
Redacción

Fausta Ibáñez Ríos

Martín tiene 80 años, vive solo en una casita en la periferia de la ciudad. El dinero  que recibe de su jubilación no le alcanza para vivir, a pesar de que sus gastos no son muchos. Lo que lo mantiene vivo, según sus palabras, es la ilusión de encontrar una buena mujer para que lo acompañe por el resto de sus días.

Dice que no tuvo suerte con las mujeres, ya que vivió con cinco y todas lo dejaron, aunque se arrepiente de no haber luchado por la primera, la madre de sus tres hijos, pues cree que fue quien más lo quiso, aunque en ese entonces él pensaba que ella lo odiaba, pues no lo dejaba en paz, parecía un  gendarme que lo quería corregir en todo y se enojaba mucho.

Dice que cuando se tomaba sus copas lo recibía trompuda y le pedía el dinero que llevaba y lo revisaba para cerciorarse que no hubiera estado con otra mujer. En ocasiones hasta a mí me daban ganas de dejarla, porque pensaba que vivía en un infierno, me sentía como en una cárcel, pero tenía mis hijos pequeños, y yo pensaba que sin mí no podrían sobrevivir.

Por otro lado, a veces pensaba que tal vez tenía razón,  pero cuando salía a tomar unos alcoholes con mis amigos y me quejaba de ella, me decían que no le hiciera caso, que así eran todas las mujeres, pero que se tienen que conformar, pues no hay hombres perfectos, el que no es borracho, es mujeriego, jugador o flojo.

Muchas veces me advirtió que si no dejaba a mis amigos se iría; además, quería que buscara otro trabajo porque el dinero que le daba no le alcanzaba. A veces, ella trabajaba en casa a escondidas, porque no me gustaba que dejara solos a mis hijos. También pensaba que despilfarraba el dinero, por eso no le alcanzaba, y sobre todo que no podría vivir sin mí.

Esa fue nuestra vida desde que nació nuestro primer muchachito. Nunca imaginé que un día, al despertar de una borrachera, ella ya había cambiado de domicilio.

Nunca me buscó, ni mis hijos, ni yo tampoco, pues al principio, la verdad, me sentí liberado de una gran carga, aunque los extrañaba. Luego se fueron a otra ciudad y mis hijos me visitan sólo de vez en cuando. Con el transcurrir de los años he aprendido que “quien te quiere, te reprende”.

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