Antía Alfonso
En 1991, el autor estadounidense Bret Easton Ellis publicó la historia de Patrick Bateman, un neoyorkino dedicado a los negocios cuya vida gira en torno al culto a sí mismo. Aunque tiene todo lo que desea, su vida no parece excitarle demasiado hasta que descubre su fascinación por la sangre y se convierte en un asesino serial del que nadie sospecha. La novela está narrada en primera persona, con largos monólogos que reflejan la caída moral de su protagonista y relatos explícitos sobre sus atroces crímenes. Estas fueron algunas de las razones que hicieron que durante mucho tiempo se considerara una obra que no podía adaptarse a la pantalla sin perder su crudeza característica.
Aun así, la cineasta canadiense Mary Harron se aventuró en 1997 no solo a dirigir la adaptación de “Psicópata Americano”, sino también a ser su guionista. Ella no era la primera opción, antes se había considerado a Cronenberg, que terminó rechazando el proyecto. Una vez dentro fue sustituida por Oliver Stone a petición de la casa productora, que no confiaba en dejar en manos de una mujer un material tan violento, aunque posteriormente se reincorporó junto al en ese entonces desconocido Christian Bale. La película debutó en el año 2000 y a pesar de no haber sido un éxito financiero, obtuvo la simpatía de la crítica y eventualmente se convirtió en un filme de culto.
Harron realiza desde el guion una construcción ardua del personaje principal, en el que profundiza en su trastorno, las frustraciones personales que lo llevan a borrar todo rastro de empatía y su deseo de ser amado por la gente que desprecia. Si la cinta pudiera ser descrita con solo una palabra, esta tendría que ser: minimalista. La pulcritud de todos los escenarios y personajes esconde un vacío terrible que sirve como metáfora del propio Bateman, cuya superficialidad se impone a cualquier tipo de sentimiento. Asimismo, retrata la crítica central de Easton al sistema de vida occidental, en el que los privilegiados pueden vivir completamente alejados de la realidad y cometer actos de los que tristemente saldrán impunes.
