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LECTURAS PARA LA VIDA Primero son los hijos

SEGUNDA
Foto(s): Cortesía
Redacción

Rafael Alfonso

Desde hacía días, un anhelo carcomía su interior. Tuvo, de repente, la necesidad imperiosa de contar con ese espacio vacío donde las ideas podían pensarse sin ataduras ni prisas. Tras unos arreglos y un par de cargos a la tarjeta de crédito, por primera vez tuvo la sensación de que el mundo entero se movía al ritmo de una larga serpiente cansina. El tiempo parecía haberse estancado como un líquido viscoso.

En el lugar, Malva encontró una pequeña cocina a la que hizo su refugio, el laboratorio alquímico donde pretendía transformar sus inquietudes en soluciones. En soledad, pensaba cómo los problemas suelen diluirse como el azúcar en el café. 

—¿Regresarás pronto? —le había preguntado su hijo, con esa dulzura que siempre la conmovía.

—Claro— respondió ella automáticamente.

Sin embargo, las palabras, a veces, se quedan cortas. Asentir era fácil, pero ponerlo en práctica era algo muy diferente. De no ser por la culpa, esa sombra alargada que la acompañaba desde la infancia, estaría feliz por contar con un momento para sí misma.

Se puso a lavar los platos. El agua tibia corría por sus manos, arrastrando consigo los restos del almuerzo que se procuró y que a pesar de su modestia, le supo a gloria. Mientras frotaba las tazas, divagaba. Pensó en su infancia, en los juegos solitarios que tanto disfrutó, en las horas que pasó leyendo bajo la sombra del nogal. La soledad, en aquel entonces, era su compañera inseparable.
Entonces, recordó las palabras de su madre: “¡Primero son los hijos!”. Y se sintió egoísta.

Secó sus manos y se dirigió a la habitación. Sentada en la cama, observó el jardín a través de la ventana. Las hojas de los árboles se movían acompasadas con el viento. Cerró los ojos y respiró profundamente. Los aromas de la tierra húmeda y de las flores la envolvieron en un abrazo cálido que la invitó a dormir.

De pronto, sintió una presencia a su lado. Abrió los ojos y vio a su madre vestida de blanco, con el cabello de luna plateada. La mujer, con un rostro enigmático, le dijo:

—¡Primero son los hijos!

Seguro que fue un sueño, pero se sintió como una visión. Lo peor era que las palabras de la anciana resonaban con gravedad en su interior.

Se levantó a desgana y buscó en su bolso. Cuando tuvo el teléfono en la mano lo encendió, con una vaga sensación de haber perdido otra batalla.

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