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Lecturas para la vida: La mujer sin rostro | Primera de dos partes

Foto(s): Cortesía
Redacción

Rafael Alfonso

En la Ciudad de México, había un edificio que tenía, como muchos otros edificios, la forma de una caja de zapatos, con paredes grises y ventanas cuadradas. No había nada que lo hiciera destacar, excepto los vidrios rotos y las grietas que habían dejado los últimos cuatro sismos. Para colmo, estaba habitado. Las personas que allí vivían eran personas normales que se levantaban por la mañana, se vestían y salían a trabajar. Personas que regresaban por la noche, merendaban y se dormían.

Aunque el lugar no parecía sino un refugio para la desesperanza, era, sin embargo, un lugar para habitar. Un lugar donde las personas podían dormir, comer y trabajar. Un lugar donde podían pasar sus días y sus noches, al amparo de las inclemencias del tiempo.

El edificio estaba dividido en departamentos, cada uno con su propia cocina, su propio baño y una pequeña habitación. No había nada de lujo, nada de extravagancia. Solo lo básico, pues los inquilinos sabían que deberían estar listos para evacuar en cualquier momento.

Aunque no había estrictamente algo que las uniera, tenían en común la precariedad. Aquellas personas sabían que no era conveniente estar separados, pues las autoridades y el dueño del predio cada cierto tiempo amenazaban con desalojarlos.

Un día, una persona nueva se mudó al edificio. Era una mujer madura de estatura regular y un cuerpo normal, nada significativo, pero había algo diferente en ella. Algo que la hacía parecer desconectada. Como si estuviera en el lugar, pero no estuviera realmente allí.

Las personas que vivían en el edificio la miraban con curiosidad. Apareció de repente y nadie reparó en su presencia hasta que un día la vieron habitando el último departamento. No sabían qué pensar o qué hacer con ella. Ni siquiera se habían acercado a cobrarle la cuota correspondiente. Al intentar hacerlo, ella desaparecía en los pasillos como un fantasma. Sin embargo, la mujer no parecía darse cuenta del sobresalto que causaba. Se limitaba a vivir su vida, a hacer sus cosas, sin prestar atención a nadie.

Así llegó el día de la asamblea de vecinos, donde se quejaron de su presencia refiriéndose a ella como la persona nueva que vivía en el edificio, pero que no era realmente parte de él. Así que comisionaron a uno para que fuera a llamarla y compareciera, y de este modo la mujer bajó al patio para escuchar a sus vecinos.

Continuará el sábado…

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