Por Rafael Alfonso
Existen pocas experiencias tan sobrecogedoras como enfrentarse a la inmensidad del mar y perder la noción del tiempo mirando la el oleaje. Uno pensaría que es una experiencia que absorbe la totalidad de los sentidos y que lo anterior no admite ningún tipo de distracción. Sin embargo al visitar una playa mexicana uno encuentra que la experiencia marítima no a todos les parece sublime.
Es curioso cómo el mismo mar puede ser percibido de manera tan diferente por personas distintas. Mientras algunos se sienten pequeños y humildes ante la inmensidad del océano, otros parecen no darse cuenta de la belleza que los rodea. Es como si estuvieran envueltos en su propio mundo, ajenos a la magia que se despliega ante sus ojos.
Hay quienes jamás abandonan el resguardo de sus parasoles, como si el sol fuera un enemigo al que hay que temer. Y luego están aquellos que, en lugar de los sonidos del mar, el graznido de las aves y el romper de las olas, prefieren los corridos tumbaos y el reggaeton.
La playa es un lugar donde la gente va a escapar de la rutina diaria, a relajarse y a disfrutar del sol y el mar, pero también es un lugar donde la gente puede ser descuidada y egoísta, Hay gente fumando y tirando en la arena sus colillas dejando atrás basura y destruyendo el entorno.
Otros, increíblemente, duermen a pierna suelta, ajenos al espectáculo que se despliega ante sus ojos, como si el romper de las olas, el sol vibrante y la muchedumbre no fuera lo suficientemente estimulante para mantenerlos despiertos.
Yo trato de no desperdiciar la experiencia del mar, un recordatorio de la belleza y la inmensidad del mundo natural. Sentado frente a su inmensidad me tomo un tiempo para pensar en el año que termina y todo lo que falta por hacer el año que viene. Claro, eso no me hace mejor, ni más sensible, si lo creyera no sería más que un autoengaño. En fin, ¿verdad? Cada quien.
