Rafael Alfonso
La consultora en orden y organización Marie Kondo afirmó que nadie debería tener más de 30 libros en casa. El sólo imaginarlo puede ser motivo de espanto, indignación y burla de bibliomaniacos del mundo entero. ¿Cómo se atrevió la gurú a lanzar semejante proposición? La célebre organizadora aduce razones de espacio y cuidado, considerando, por supuesto, el modo de vida de su país. Kondo recalcó que no hablaba de quemar o de tirar montones de libros a la basura, sino simplemente de que las casas japonesas suelen ser pequeñas y húmedas, y por lo tanto inadecuadas para acumular una gran cantidad de libros.
El término tsundoku no tiene equivalente en ningún idioma, y por lo tanto se acepta mundialmente para referirse al acopio de material bibliográfico que hacen los particulares y que rebasa su capacidad de lectura. El actual ritmo de vida de muchas personas ha traído como consecuencia que volúmenes fascinantes esperen a su lector desbordando los libreros y apilados sobre mesas, escritorios y otros muebles. Aquí es importante diferenciar el tsundoku de la acumulación mórbida de objetos varios —no solo libros— y también de las colecciones privadas de bibliófilos especializados, que por fuerza son voluminosas.
Esta suerte de compulsión la compartimos muchas personas que nos dedicamos de alguna u otra forma a las letras: escritores, editores, maestros y libreros. Han existido acumuladores proverbiales de libros como Virginia Woolf, Ernest Hemingway y Umberto Eco, Jim Morrison y ni qué decir de Carlos Monsiváis quien habría sido la pesadilla de Marie Kondo, quien, por cierto, tras de ser una gurú del orden bajó los brazos después del nacimiento de su primer hijo y ahora su casa es un tiradero. Regresando a nuestro tema, mi tsundoku es mucho más modesto, pero comienza a ser una complicación para los espacios disponibles en la modesta casita de interés social que habito.
