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Lecturas para la vida: El pez diablo

El fotógrafo David Jara Boguñá, junto con otros exploradores, grabó y fotografió una hembra viva durante el día en la superficie del océano.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Rafael Alfonso

En el extenso volumen de la superficie del planeta que cubren los océanos, las profundidades varían enormemente. Entre los 1000 y 4000 metros de profundidad existe una zona denominada batial que alberga distintos tipos de seres vivos. Es un espacio prácticamente desconocido por estar vedado al ser humano, incapaz de contener la respiración más allá de unos pocos minutos, de modo que, no sólo por la distancia, sino también por las condiciones de presión que existen ahí, no se puede acceder a tales profundidades sino con ayuda de equipo especializado.

Fue precisamente así como se tomó conocimiento de la existencia del rape abisal (Melanocetus johnsonii), un pez caracterizado por su color negro intenso, una enorme boca provista por afilados dientes y un filamento en su cabeza que termina en una ampolla luminiscente capaz de atraer a sus presas. En razón de su temible aspecto es mejor conocido como pez diablo.

Hace unos días, el fotógrafo David Jara Boguñá, junto con otros exploradores, grabó y fotografió una hembra viva durante el día en la superficie del océano —estamos seguros de que lo es, porque en esta especie el macho es 90% más pequeño—. El vídeo muestra al animal llegando lentamente a la superficie del mar, lo cual es la primera grabación de esta especie bajo estas condiciones. 

Lo curioso de este avistamiento es que, tras hacerse viral, dio lugar a una andanada de memes, reflexiones y mensajes de admiración que tenían por protagonista al pez, por haber salido de las profundidades del mar en lo que se supone un viaje heroico para conocer la superficie. Bajo este supuesto, le han adjudicado frases motivacionales y hasta poemas de dudosa calidad. Por supuesto, lo interesante es ver cómo la psicología humana se proyecta en este tipo de imágenes, sobre todo, en esta idea de ir “más allá de los límites”, algo que evidentemente hizo este ejemplar.

Por supuesto, desconocemos qué pudo haber motivado este viaje. En lo particular, dudo mucho que la psicología del pez le haya llevado en busca de un ideal romántico o moral como el que se le adjudica, me inclino más a pensar que las condiciones de deterioro en su hábitat o incluso alguna enfermedad lo llevaron a este viaje mortal, pues dos días después de la grabación referida, se confirmó que el animal había fallecido. 

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