Isabel Guzmán Ruiz
El Ojito, es un pozo ubicado en el Pedregal, sección de un gran terreno perteneciente a San Miguel y San Juan Bautista Guelache, Etla. Al igual que los otros lugares que he descrito está lleno de naturaleza.
Mi padre trabajaba en Huatulco y podía venir a casa cada quince días en fines de semana. Mis hermanos y yo sabíamos que el sábado sería un gran día y nos levantábamos temprano a buscar gorra, agua, un suéter y nuestra resortera que mi papá hacía con sus propias manos de algún guayabo que rodeaba el ojito. Mi papá iba adelante haciendo música con un peculiar silbido y un sombrero que siempre lo acompañaba; el más grande de mis hermanos iba atrás y los chicos en medio. Andar por ese camino lleno de flores e insectos era fantástico, para donde quisiera dirigir la mirada solo veía verde, para mi imaginación era como estar en la selva. Si había llovido la noche anterior el pasto estaba cubierto por gotitas de agua. Papá decía que pusiéramos atención porque salían las liebres a tomar el sol y éramos muy afortunados al verlas.
Por el camino había árboles de cazahuate y mi padre cortaba unos hongos que después mamá preparaba. Ahí veíamos aves que jamás he vuelto a ver ni a escuchar. Todo el camino era ver flores, plantas, piedras, insectos, animales y respirar una mezcla de aire frío con hierbas que llegaba hasta lo más profundo de los pulmones y de mi cerebro. Traíamos las calcetas y la ropa llenas de espinas, pero eso no impedía disfrutar esa aventura.
Cuando llegábamos al Ojito de Agua corríamos a cortar guayabas y manzanas de los árboles para comerlas sentados alrededor del ojito, éste, era un pozo, pero su agua se extendía varios metros afuera dejando disfrutar un paisaje fantástico con lirios acuáticos, libélulas, mariposas, peces y otros animalitos acuáticos que mis hermanos y yo llamábamos "lanchitas" porque eran muy veloces al nadar. Podíamos ver el reflejo del cielo y el nuestro en sus aguas cristalinas. Definitivamente, era como estar en un paraíso.
Si en mi paso por esta vida tuviera que escoger dónde quedarme elijo El Llanito, La Fresnera y El Ojito, tres lugares llenos de vida. Hoy tristemente El Ojito ya no está, lo hicieron propiedad privada para vender el agua, al paso del tiempo se secó y con él los árboles, las plantas y también la fauna.
La mano del hombre no ha favorecido mucho, desde mi sentir, por buscar un beneficio personal ha terminado con mundos mágicos reales, dejando sólo recuerdos en quienes los conocimos y la imaginación para quien no les tocó ver estos lugares de ensueño.
