Isabel Guzmán Ruiz
Era mi abuelo, un campesino muy recto, duro y estricto en su trabajo y con la vida. Su hogar era un rancho, el rancho "San Jacinto". Trabajaba 18 horas al día los siete días de la semana; los miembros de su familia eran, más que su familia, sus jornaleros.
A las siete de la tarde daba la orden para que todos fueran a dormir. Con “todos” me refiero a él, su esposa, sus cuatro hijos y cinco hijas. Todos obedecían su mandato con miedo y resentimiento, ya que no tenían más voluntad que la del abuelo.
La hora de levantarse, para los hombres, era a la una de la madrugada para cortar alfalfa con hoz. Así estuviera lloviendo, hiciera frío o el sereno les congelara las espaldas. Antes del amanecer tenían que llenar dos carretas, sin risas, sin murmullos, sin suspiros, acaso con sed, pero sin dar señales de cansancio o de sentimientos. Estaba prohibido cualquier intercambio o señal de afecto, cuando algo de esto fallaba una golpiza sin piedad era el castigo.
Las mujeres no tenían algo mejor, su hora de levantarse era las dos de la mañana para hacer el atole, las tortillas y el almuerzo consideradas como "labores para la mujer". Cuando los hombres llegaban, las mujeres debían tener la comida lista, en la mesa, con la temperatura exacta; consumían sus alimentos bajo un silencio espeso, frío y penetrante. El sonido de las manos haciendo tortillas, de la mano del metate resbalando pesadamente o de la leña tronando en el fuego eran las únicas notas musicales que podían escucharse. Después de que ellos desayunaran, las hijas pasaban a comer, siendo la madre (mi abuela), quien las atendía, al último, acompañada de su fiel amiga, la soledad, ella podía comer, de manera rápida, para continuar con los quehaceres de la casa junto con sus hijas, estos eran: limpiar la casa, lavar trastes, remendar y lavar ropa, preparar comida, desgranar mazorcas, hacer queso, alimentar a las gallinas, guajolotes, puercos, y vacas, mientras que los hombres se encargaban de los toros, caballos, burros, chivos y borregos.
Aún en la penumbra, ellas limpiaban pesebres y chiqueros. Veían salir el sol ordeñando vacas y recogiendo huevos, después colaban la leche y la hervían. Ellos, con la yunta sembraban quince hectáreas, sus pies agrietados y sus ojos pesados y opacos reflejaban lo profundo y doloroso que era no tener vínculo afectivo entre ellos. Quizá, platicar y sonreír un poco hubiera hecho más ameno el trabajo, decía uno de los hijos de mi abuelo (mi padre).
