Daniela Clarisa Concha León
Después de una fuerte tormenta, quedaron algunas nubes merodeando, sin embargo, el sol hizo su gran aparición dando atisbos de paz. Algunas aves aún no salían de su escondite, el desastre era notorio: casas en ruinas, autos volcados, ropa y objetos perdidos; la buena noticia es que no faltaba ningún vecino.
La tormenta fue pequeña, comparada con las anteriores, pues la catástrofe ocurriría al menos tres veces a la semana. Al parecer los habitantes cada día se acoplaban más a ellas, incluso tenían un protocolo, su acoplamiento era tal que parecían haber desarrollado una especie de poder colectivo, pues cada que esta tragedia se acercaba, todos la percibían, preparaban lo necesario para ocultarse y sabían cuando era seguro salir al fin de sus escondites. También percibían que los desastres cada día eran menores, pensaban que la maldad que los trajo estaba a punto de marcharse.
Sin embargo, esa semana, ocurrió algo extraordinario. Alba, una joven de escasos catorce años, sintió la llegada de un extraño ente que eligió alojarse en el patio trasero de su casa, lo cual la inquietó mucho pues se acercaba una prueba peligrosa pero común dentro de los pobladores, “iniciación hacia la externalidad”, le llamaban. Sólo era para aquellos que sentían el “llamado” a salir del pueblo, los que se quedaban por miedo o por no sentir aquel llamado, no sabían de qué trataba la prueba, debido a que aquellos que la hacían, y regresaban, tenían prohibido hablar de ese proceso, pues podría enloquecer a los plans. Los plans eran los lugareños que nunca habían salido de sus hogares maternos. Unos decían que jamás sintieron esa llama para salir a la aventura, otros simplemente la ignoraron, pues sabían que podían perder todo si su llama interior no era lo suficientemente fuerte para soportar las pruebas.
Continuará el próximo sábado…
