Daniela Clarisa Concha León
Primera de dos partes
Ya van tres atardeceres que te vas sin avisar. Aún no aprendo a permanecer despierta por las tardes, que es el tiempo que aprovechas para marcharte.
Dejé de salir a jugar con Melissa, me di cuenta de que era un tiempo peligroso, pues de nada servía que tuviera lista mi maleta cada que me decían que vendrías por mí. Aún no entiendo ese juego cruel de engañarme; siempre me dicen que me dejarán ir contigo y después me mandan a jugar o a dormir para que no vea cuando partes.
Últimamente ya no quiero verte, aborrezco que finjas interés en mí y después desaparezcas; me dicen que no debo ser caprichosa y entender tus ocupaciones, que no puedo ir contigo al trabajo, aunque sea silenciosa y logre estar en un mismo sitio sin molestar. También me repiten que es temporal, hasta que mamá vuelva y pueda ir a casa contigo y con ella.
A veces pienso que no lo harán y, al contrario, se marcharán lejos. Lo pienso aún más cuando escucho a mi tía preguntar sobre el uniforme de la primaria y si podría llevar el que tengo, al menos hasta que pase a tercer grado.
Sé que eso es mal augurio, eso pasó cuando se fue Paola, sus papás la cambiaron de escuela y no la volví a ver; pasará lo mismo conmigo, me iré de casa. ¿Es acaso que mis papás ya no me quieren y por eso me dejan aquí? Tal vez es porque le pegué a Perla por agarrar mi pelota o por gritarle a mi mamá que me iría de la casa, ¡no era en serio!
Han pasado muchos días y papá no ha vuelto, ¡es mi culpa! Tal vez leyó mis pensamientos y supo que estaba enojada con él, o tal vez mi tía le dijo que me porté mal. No debí rascarme esa roncha, ella me dijo que no lo hiciera porque me dejaría marca y aun así lo hice cuando ella no me veía, creo que no me miró… ¿o sí?
Continuará el próximo miércoles…
