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La Sociedad de las Poetas / Equinoccio

Foto(s): Cortesía
Redacción

Ana Rodelo

 

En memoria de mi madre la profesora Sara González Peralta 

 

Destellos, 

dos equinoccios, 

encienden la madrugada del cielo negro, 

cambios y flores, 

lluvias y flores, 

rezos y flores, 

y este alivio malsano y culposo. 

 

Me hinqué una noche como esta 

o caí de rodillas, no recuerdo, 

Dios arráncale el dolor del cuerpo 

que para mí será un regalo, 

un cristal precioso y cortante 

y mi luz será su calma. 

 

Dios me escuchó, qué desgracia,

la arrancó suavemente de la pena 

y a mí me dejó está herida, 

rosas que se desaguan, 

que se descongelan cada primavera, 

en aguas color de la pena.

 

Poetas mi madre ha muerto.

 

Tengo la seguridad que ahora tiene un patio, 

un jardín de astros blancos, 

inmarcesibles como su recuerdo,

que sigue haciendo eso de sanar a los terribles, 

de querer a los niños azules, 

bruja buena de los cuentos nuevos, 

qué pena que eso no me dé consuelo. 

 

La mujer gigante, 

señora de las hojas grandes y verdes, 

el centro mismo de todas las flores, 

la piedad de todos los santos, 

la belleza y la caricia,

y con ella se fue todo lo que una vez fue bueno 

y de mí, unos pedazos, 

los faltantes dejan filos, 

pizcas de vidrio.

 

Poetas, mi madre ha muerto, 

como muere la gente de este mundo 

aún así no me explico 

por qué no se abrió el suelo 

en el transcurso de su último aliento.

 

Fue el día de primavera, 

yo entiendo 

que había otros planes, 

retoños y aves,

quizá alguien cerca dando un beso, 

riendo estruendosamente, 

el pico gris de lo absurdo, 

mientras lloraba un llanto como el primero,  

colapsaba mi cuerpo como una torre de polvo. 

 

Yo sé que las estrellas se encienden de recuerdos 

la veré en los límites del blanco 

en el corazón de Dios, pletórica. 

qué pena que eso no me dé consuelo. 

 

Lejos 

En memoria de mi abuela la profesora Tomasa Peralta Rosales 

 

Un haz de luna se precipita, 

me escarba las pupilas, 

como una serpiente amarilla me recorre, 

su tacto frío retoza en mi lengua, 

me infla de vacíos.  

 

Mis ojos teñidos de gris lo contemplan todo

desde un sitio en calma lejos de mí.

 

Entonces tocó todas las puertas, 

beso, las manos de todas las madres, 

porque me doy cuenta que muero,

aquí de pie muero, 

comiendo muero, 

besando a mi amante muero. 

 

Solo a los pies de mi abuela vuelvo a mí 

y digo con lágrimas.

Hermosa, 

sol de mis únicos días 

mi perfecto amor, 

mi paz. 

Te imagino caminando en otros reinos,

con tu sonrisa dulce, 

tus manos buenas, 

inalcanzables para mí por siempre, 

porque has ido al mundo luminoso, 

que se retrata en los salmos, 

perfecto como las cuentas de tu rosario. 

 

Tengo para ti tantos besos guardados, 

que se me irán pudriendo, 

tiñendo de amargura mis palabras, 

mancharán mi pecho de negro. 

 

Bendita, 

centella que se duerme en los cerros,

mi calma, listón bonito, botón brillante, 

me siento lejos 

como esa virgen de tu altar 

mi corazón es traspasado,

algo me corta donde ya hay herida. 

 

Todos dicen que tengo un ángel 

amada, no por cuidarme en mis torpezas, 

dejes de estar en luz, 

ya no vuelvas tus ojos a este mundo.

 

Ana Rodelo 

Poeta oaxaqueña egresada de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca UABJO. Actualmente trabaja promoviendo la enseñanza de las artes y la conservación de la cultura a la par de la exploración constante de las técnicas plásticas, literarias y musicales.

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