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La permanencia de lo inmutable

Foto(s): Cortesía
Redacción

Víctor Armando Cruz Chávez

La aparición del libro Oaxaca, Crónicas sonámbulas, de Fernando Solana Olivares, en 1994, publicado por Conaculta, generó la debida atención a nivel nacional y puso a Oaxaca nuevamente en la mirada de los lectores como el entramado simbólico que es, donde serpentean venas sustanciales del México profundo.

Para los lectores de los años noventa, me incluyo, Oaxaca, crónicas sonámbulas era una invitación, o mejor dicho una incitación a redescubrir esta tierra a la luz de los hechos, símbolos y personajes que yacían semiocultos por la erosión del tiempo, por el manoseo de la historia oficial y la transfiguración avasallante del entorno.

Recuerdo pláticas de café, de bar, de taller literario, donde se hacía referencia a los temas desempolvados por Fernando Solana Olivares en su novela: como la tragedia del Gral. Manuel García Vigil, D.H. Lawrence y su estadía en Oaxaca, la dualidad Malcolm Lowry-mezcal, o Italo Calvino y la comida como fuente de erotismo.

Cuando Fernando llegó alrededor de 1995 para asumir la dirección del Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, su novela estaba generando en algunos sectores intelectuales una relectura, una nueva observación de nosotros mismos, con una pertinente mirada desmitificadora sobre la oaxaqueñidad.

Puedo decir que esta obra ayudó a mi generación a un reacomodo en las nociones de historia e identidad, con nuevas percepciones y certezas en cuanto a nuestra cartografía ontológica.

Han pasado poco más de 30 años y la novela sigue siendo una epifanía en su exacta definición: una revelación de la propia ciudad que habitamos, que la bruma de lo cotidiano no nos dejaba percibir en su real dimensión.

Así lo constato en esta relectura de la novela, ahora bajo el sello de 1450 Ediciones, y bajo un título distinto: El tedio de Hermógenes.

La sustancia vital de la obra es la misma, aunque cambiante y sorpresiva por la relectura. Quiero entender que, tanto para un autor como para el lector, una obra no se cierra, no termina, está sujeta a la reinterpretación, a la reflexión inquieta y permanente, y que darle un título distinto es poner a disposición del invitado la misma casa, pero con una llave diferente, más propicia a las resonancias estéticas que habitan dentro.

Hermógenes Suárez, el personaje principal de la novela, es el hilo conductor, la columna vertebral de una construcción histórica poliédrica sobre el enigma oaxaqueño.

Hermógenes, un peninsular originario de Arredondo, España, llegado a Oaxaca de niño, es un hombre cuya vida transcurre aquí a principios de la década de 1920. Tiempo de coyunturas aún entre los estragos, espejismos y remanentes de la revolución, y el discurrir lento de una ciudad que todavía no se abismaba en el vértigo de la modernidad.

No es gratuito el nombre griego del personaje: Hermógenes, cuyo significado es “aquél que ha sido engendrado por Hermes”, dios de los mensajeros, de las fronteras, de los viajeros y del comercio. Es, además, el que guía las almas en el inframundo, el Hades.

Congruente con ese significado, el personaje de la novela es un heraldo que nos entrega en cada capítulo una madeja de historia sustancial para comprender Oaxaca. 

Vástago metafórico del dios mensajero, Hermógenes nos habla de fronteras simbólicas y reales entre épocas, territorios, formas de pensamiento, personas y hechos que han configurado nuestro mosaico de identidades. Para completar el círculo simbólico, Hermógenes es comerciante, dueño de la tienda de telas El Nuevo Mundo.

La novela habla de viajeros, pero no cualesquiera: la novela abre con la dicho por Francisco de Ajofrín, viajero del siglo XVIII quien escribió: “En esta provincia de Oaxaca parece que Dios puso todos los cerros y montañas que le sobraron después de que formó el mundo.” Fernando Solana Olivares menciona a propósito en su magnífica entrada: “Oaxaca puede reproducirse en una hoja de papel. Primero hay que arrugar el puño y después extenderla para que las cicatrices del papel sean una metáfora de su geografía atormentada.”

Yo diría que esa geografía atormentada es, asimismo, una representación del ser oaxaqueño: un espejo roto, lleno de imágenes fragmentadas donde la turbulencia social es una constante.

A lo largo de la novela, los viajeros, de diferente linaje y trascendencia, van irrumpiendo en las páginas para aportar piezas a ese rompecabezas que se llama Oaxaca, con sus impresiones, subjetividades, prejuicios ideológicos, raciales y políticos. Así, entran a escena, Manuel Toussaint, Charles Brasseur, Desiré Charnay, D.H. Lawrence, Malcolm Lowry, Italo Calvino y otros.

Otro personaje es Catalina, a quien Hermógenes corteja y después desposa. Con ella va construyendo un flirteo en pequeñas dosis, en escaramuzas conversatorias donde el chocolate y el anís incitan a derribar los muros de lo no permitido.

 

Esos encuentros ventilan el chisme provinciano, el solaz ejercicio del rumor y de la develación del secreto de una mujer que se mata por amor a un general revolucionario. Pero esos encuentros son favorables, también, para el meticuloso desciframiento de esta urbe y sus mitos. Catalina bien podría erguirse como metáfora de la ciudad: “su sustancia asusta y fascina, impresiona y su magia hace sufrir”. “La ciudad es femenina.”

Conjurar es una pasión oaxaqueña, dice Fernando en la novela. Y la conjura es una extensión del temperamento histórico de esta tierra, desde aquella Donají asesinada por la disputa entre mixtecas y zapotecas.

Conjura también contra el gobernador Manuel García Vigil, asesinado por las huestes de Calles y Obregón en un periodo definitorio de la revolución en Oaxaca. García Vigil, el destacado militar revolucionario ahora casi desconocido, pero que fue, en su momento, modelo para personajes de D. H Lawrence y Malcolm Lowry.

Esa conjura que ha sido la espiral por donde circula la sustancia del ser oaxaqueño. Su ejemplo más reciente fue el movimiento social de 2006, cuya narrativa sigue construyéndose bajo la pauta ideológica, periodística, testimonial y acaso mítica.

Otro interlocutor de Hermógenes es Zárate, abogado de ideas liberales; él es su confidente, su dialogante más asiduo durante toda la vida. Zárate es, a veces, su otro yo, un espejo en el que se ensaya un monólogo siempre cambiante, siempre el mismo sobre un erotismo melancólico y el misterio de Oaxaca.

“A veces Oaxaca taladra el alma”, dice en un momento Zárate. Frase de hondura tal que crispa, como cuando Malcolm Lowry dijo en Bajo el volcán: “Oaxaca, no hay palabra más triste.”

El tedio de Hermógenes es un retrato tridimensional de la ciudad de Oaxaca, por donde pasan décadas, múltiples seres reales e imaginarios, llegando hasta María Sabina y Francisco Toledo. En la novela se aprecia estéticamente la relación entre literatura e historia. Como lo define Hayden White: “lo metahistórico consiste en vislumbrar la unión entre el discurso histórico y lo poético, lo lingüístico, lo emotivo y la carga subjetiva presente en los procesos narrativos. En suma, ver el texto histórico como artefacto literario de valor cognitivo”.

Esta novela nos invita a una nueva aproximación a nuestra ciudad, a oírla con los ojos, como diría la sinestesia de sor Juana, para leer las fisuras, aristas, cacofonías y metáforas de su ser, que la han hecho símbolo, cruce de caminos y poliedro cultural.

El lenguaje de Fernando Solana Olivares es poderoso en su construcción sintáctica; pensativo siempre en su prosa contundente.

Pero la calidad de su imaginación y técnica narrativa es también superior. Esta novela usa el diálogo entre personajes para ramificar los temas en diversas historias que, a su vez, generan otras historias, haciendo uso del modelo narrativo de la caja china, el cual es parte de lo que se denomina literatura fractal.

Esta noción parte de la idea de que lo fractal constituye un complejo sistema que se multiplica a sí mismo hacia el infinito, a través de un modelo repetitivo y geométrico, tal como se hace visible en la propia expansión del universo, en ejemplos de la naturaleza como las nervaduras de las hojas, la distribución de las flores tabulares del girasol o los copos de nieve. 

Del macrocosmos al microcosmos, el universo es esencialmente un sistema fractal, y esta novela es su metáfora. Kafka y Borges hicieron literatura fractal. Sus relatos empiezan desde un punto concreto para expandirse en el espacio o en el tiempo, multiplicándose de manera reiterativa, donde el absurdo y el milagro operan implacablemente. Los laberintos creados por Kafka, por Borges y ahora por Fernando Solana Olivares, no son otra cosa que los laberintos del ser, incesante en su contradicción y misterio.


 

Para saber:

1994 publicación de "Oaxaca, Crónicas sonámbulas"

31 años cumple esta obra

"Esta novela nos invita a una nueva aproximación a nuestra ciudad, a oírla con los ojos, como diría la sinestesia de sor Juana, para leer las fisuras, aristas, cacofonías y metáforas de su ser, que la han hecho símbolo, cruce de caminos y poliedro cultural".

Víctor Armando Cruz Chávez

 

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