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La herencia

Una bisabuela tejiendo, representando la herencia y la lección de resiliencia sobre cómo curar el cansancio descansando con una labor, sin rendirse.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Isabel Guzmán Ruiz

Mi bisabuela fue mi primera maestra de resiliencia, me enseñó que el cansancio se cura descansando mientras se teje o borda, no rindiéndose, que el trabajo duro con uno mismo es la única moneda que compra la verdadera libertad y que el amor, cuando es real, no solo da caricias, sino que entrega herramientas en forma de regaños para enfrentar la vida.

Es cierto que, durante mucho tiempo, cometí el error de confundir sus llamadas de atención con regaños enérgicos, en mi juventud, quizás sentí su rigor como una carga, pero hoy, que ella no está y que me toca ser el pilar de mi propia historia y la de mis hijos, veo la verdad con una claridad que duele y consuela a la vez: ella no quería ser dura, quería que yo fuera autónoma. Sus exigencias no eran falta de cariño, eran el entrenamiento necesario para que yo no tuviera que decir, no puedo. Ella sabía que el mundo no le regala nada a nadie y que las mujeres no eran la excepción. Quería que yo estuviera lista para tomar las decisiones que tuviera que tomar con responsabilidad y amor.

Hoy, cuando me veo ante el espejo o cuando tomo una decisión difícil, escucho su voz, sigo su ejemplo de levantarse a pesar del agotamiento. Su sazón no estaba solo en la sal, en las especias o en las cazuelas de barro, estaba en la intención de criar una persona con fortaleza sabiendo que al llegar a casa un plato con comida y confort estaban sobre la mesa para quitar el peso que la cotidianidad le puso en los hombros durante el día.

Esta nota es para ella, pero también para todas esas abuelas y bisabuelas que han sido las arquitectas invisibles de nuestra sociedad, esas mujeres que, sin títulos académicos, comprendían mejor que nadie que sin esfuerzo no hay recompensa.

A ti, bisabuela, que sigues entrando por la puerta de mi memoria cada vez que dudo, gracias. Gracias por las herramientas, por el rigor que hoy entiendo como amor puro, y por enseñarme que no hay dolor que pueda con una mujer que sabe quién es, de dónde viene y sobre todo a donde quiere ir. Tu sazón vive en mis manos, tu lucha vive en mis pasos y tu deseo de verme de pie es, hoy más que nunca, mi hoja de ruta.

Que no se nos olvide nunca que venimos de gigantes, que nuestro linaje está hecho de mujeres que, a pesar de las sombras, siempre supieron cómo encender la lumbre para iluminarnos el camino.

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