Por Rafael Alfonso
Este domingo, la alarma sonó a las 6:15 de la mañana. A pesar de ser un día de descanso, los vecinos de mi fraccionamiento nos habíamos dado cita en la cancha para organizarnos y retirar basura y maleza de la ciclovía, la parada de autobús y el lote baldío, misma que daban un aspecto descuidado a nuestro entorno, además de representar una amenaza para nuestra seguridad y salud pues propician fauna nociva y puede servir, a decir de muchos vecinos, de escondrijo para los maleantes, sobre todo en las horas de oscuridad.
A las siete de la mañana el aire todavía se sentía fresco. Mientras sostenía mi pala y observaba cómo mis vecinos se saludaban con camaradería y ponían manos a la obra, me di cuenta de que lo que estábamos haciendo trascendía lo puramente estético y funcional. Al iniciar la jornada, la ciclovía estaba invadida por maleza crecida y por pequeños pero múltiples montículos de basura que daban una sensación de abandono. Existe una conexión innegable entre el espacio que habitamos y nuestro estado mental. El entorno abandonado y sucio envía un mensaje constante de "aquí no cuida nadie", lo que puede derivar en una sensación de desprotección y estimula a personas a tirar más basura o a llevar a cabo actos ilícitos.
A medida que avanzábamos, cortando vegetación seca, susceptible de arder a la menor provocación y embolsando desechos de todo tipo —bolsas, envases, cartones, papeles y pañales usados—, la ciclovía se despejaba de maleza que antes obstruía la vista y de la basura mal oliente.
En Oaxaca, a esta labor voluntaria la conocemos como tequio. Es una herencia ancestral de trabajo no remunerado aplicado a tareas que redundan en el bienestar común, en este caso la limpieza de nuestro entorno, que nos recuerda que somos parte de un todo, pues uno de los objetivos del tequio consiste en mantener el arraigo y la identidad de un colectivo.
Mientras trabajábamos, no pude evitar pensar en la forma en que estas actividades impactanen mi psique. Me alegró contar con el reconocimiento de mis vecinos que me veían empeñoso en las tareas, pues traté de solventar con entusiasmo mis limitaciones técnicas en ellas. También sentí satisfacción al ver que el trabajo daba resultados, y por contribuir al bienestar, no solo de mis vecinos sino de mi propia familia que ahora puede caminar en un entorno un poquito más seguro y limpio.
En un mundo donde muchas veces nos sentimos impotentes ante los grandes problemas globales, poder transformar positivamente —con ayuda de los vecinos, el metro cuadrado que pisamos—, es también un signo de esperanza para el futuro, pues genera en nosotros una sensación de pertenencia a la comunidad.
