Si tuviera que contar tu historia, no empezaría por el principio, por ese Naolinco que te vio nacer o el puerto de Veracruz donde te hiciste hombre. Empezaría por una imagen que se niega a desaparecer: tú, perdiéndote en el cerro, con tu perro como única escolta, marcando un paso que ya nadie podía seguirte. En la soledad de esas presas o en el asfalto nuevo de la carretera, no solo corrías, sino que escribías con tus pies el poema de tu vitalidad. Esa era tu verdad, la que no necesitaba palabras.
Llegaste a Oaxaca persiguiendo un trabajo y aquí te anclaste para siempre. Aquí conociste a mamá, Sara Lucía, y empezaron a contar juntos una historia de cincuenta años, cuarenta y siete de casados y tres de noviazgo, que se dice fácil pero que se construye con la paciencia de un jardinero. Porque eso también eras: un hombre que encontraba el universo en su jardín. No se trataba solo de cuidar las plantas; era la emoción casi infantil de ver una flor nueva abrirse, un detalle revelador de tu capacidad para encontrar la maravilla en lo pequeño.
Fuiste el hombre orquesta de SPP, de Sedesol, de Salud, el que impartía clases de ingeniería civil a sus subalternos. Pero para nosotros, fuiste el pilar. El que siempre buscaba unir a la familia, el que nos convocaba con el pretexto de un partido de básquet de tu juventud o uno de Roger Federer en la televisión. Eras el centro silencioso de todo. Un hombre responsable, comprometido, y con un amor que se manifestaba en acciones, no solo en declaraciones. Se notaba en cómo cuidabas de tus perros, esos compañeros fieles que te esperaban al pie de la puerta y a los que les hablabas como a uno más de la familia.
Hoy, al intentar narrar tu vida, me doy cuenta de que, como los grandes cronistas, tu historia no está en los grandes titulares de tu carrera o en las fechas de tu biografía. Está en los detalles: en el eco de tus pasos corriendo por el monte, en el color de esa flor que te hizo sonreír, en la lealtad de tu perro a tu lado y en el amor tranquilo y persistente con el que construiste un hogar.
Dejaste un relato extraordinario hecho de cosas ordinarias. Y ahora nos toca a nosotros aprender a leerlo en tu ausencia.
Gracias por todo, papá.
