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Lecturas para la vida. Suave como almohada

Los restos de una persona fallecida reposan sobre suaves almohadas, cubiertos por mantas y en un ambiente solemne de oración y despedida.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Jonatan Isaí Sibaja Tapia

Con cariño para todas aquellas personas que nos acompañaron ante esta pérdida. Que las bondades de la vida se les sean concedidas.

Familia Tapia Velásquez 

Querido Hermano Nano. Me encuentro triste por tu partida, te extraño enormemente. Ha sucedido algo inesperado, ahora te encuentras lejos de todos nosotros, en un lugar en donde el sufrimiento y la queja desaparecen. Déjame recordarte siempre, así alegre y bueno, como en aquellos juegos en nuestra infancia durante las vacaciones escolares y los fines de semana en casa de mamá.

Cuando estábamos juntos, los días transcurrían rápidamente, las horas no eran suficientes, el tiempo no era rival para aquellos niños que, con alegría, afrontaban la vida, todo era divertido; la comida, la hora del aseo, el momento de la ducha. Pronto llegaba la noche en aquella habitación, la poca luz nos invitaba a continuar a la mañana siguiente. Nos aferrábamos al juego y a las conversaciones, los murmullos y las risas armonizaban nuestras sábanas y almohadas.

¿Recuerdas? Despertábamos durante la madrugada, las miradas traviesas que entre nosotros cruzamos nos hacían sonreír y, de pronto, nos entregamos al juego y a la alegría. Las almohadas suaves golpeaban nuestros rostros y cuerpo, nos abalanzábamos como grandes guerreros jaguares, nuestro temple y vitalidad nos hacía recorrer calles enteras, enfrascados en batallas tiernas y risas imparables. 

Ante el furor del combate, regresábamos a casa cansados y fortalecidos, con las almohadas flacas, pero con el corazón engrandecido, desbordados de felicidad. Victoriosos, los laureles adornaban nuestras sienes y las flores se posaban sobre nuestros pies. No conocíamos el miedo, aunque tú siempre fuiste el más valiente.

Hoy, las heridas del combate han hecho estragos en tu cuerpo y se ha levantado un cenotafio con tu nombre en mi ser. Tu valentía, alegría y nobleza me ha convencido de que tu vida la has transitado dignamente. Entregado al trabajo y al amor. Ahora tus despojos se adornan de mantas, de oraciones, y tu cabeza reposa sobre suaves almohadas. 

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