Gregorio Melgar Valdés
Última de tres partes
Simón apuró su café, se levantó de la mesa y dejó algunas monedas; tomó su sombrero y su morral, después, salió a la calle.
El frío viento lo recibió golpeándole la cara. Paulatinamente, la tarde se volvía gris; allá en el horizonte, el disco dorado se empezaba a ocultar, dejando un halo del color de una naranja, en esas horas en que aún no llega la noche, pero el día no termina de marcharse.
Caminó sin rumbo al lado contrario de su casa; después de un buen rato se dio cuenta que iba directo hacia la mina. Ya estaba muy cerca de la entrada. "¿Qué hago aquí?, ¿qué me pasa carajo?", se dijo Simón.
"Esto no es sueño, estoy bien despierto, ¿qué hago aquí?"
De pronto, un escalofrío de muerte le puso en guardia; un viento repentino y frío le tocó el cuello. Era como si la parca le hubiera tocado la parte alta de la espalda. Acaso el sueño le arrastraba a la tumba de su padre y decenas de mineros. ¡Sería acaso una señal de muerte!
"Es sólo mi tonto sueño, no sé qué hago aquí, pero estoy seguro de que no moriré en la mina", dijo en voz baja a nadie; ¡estaba solo!
El cielo se oscurecía rápidamente, poblando con gruesas nubes del color del hierro, que avanzaban cubriendo los últimos rayos del sol. Simón se paró a corta distancia de la entrada de la mina y con un rencor profundo la retó: “No seré uno de los que mueran aquí, maldita mina”, gritó amenazador en la vieja puerta.
De su raído zurrón, en el cual llevaba apenas algunos pequeños aperos de labranza, sacó su afilado y largo machete que siempre cargaba después que dejó de ser minero; la lluvia no tardaría en caer, pero estaba decidido a demostrar que su sueño era sólo eso, que él no moriría en la mina, que su sueño no se cumpliría.
A unos diez metros del socavón, miró con odio el lugar donde habían muerto cientos de hombres; se detuvo y alzó amenazadoramente su fuerte brazo empuñando el afilado machete, como retando a la vieja tumba; de pronto, un destello cruzó el cielo…, un estruendo ensordecedor bajó del firmamento.
El hombre quedó quieto, inmóvil en el suelo para siempre; su cuerpo expelía pequeñas fumarolas que se elevaban en el aire llevando en ellas, el alma de otro minero al infinito.
