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LECTURAS PARA LA VIDA: El jacal de la abuela

segunda
Foto(s): Cortesía
Redacción

Fausta Ibáñez Ríos

Cuando bajamos del camión, los rayos del sol comenzaban a iluminar el paisaje; ahora teníamos que caminar un largo trecho para llegar al jacal de la abuela; tres días antes, mis padres habían dispuesto ir a verla después de muchos meses de nuestra última visita.

Mis hermanos y yo saltábamos con algarabía, pues saldríamos del trajín y la rutina de todos los días. En casa, nadie se escapaba de cumplir con su labor, que en esos años mozos veíamos como injusta imposición.

¡Qué tiempos aquellos! He cambiado mucho. Ahora puedo darme el lujo de disfrutar de los recuerdos de mi infancia, evocar a mi madre, padre y hermanos de distinta manera; es un alimento para mi alma, es maravilloso poder escribir los recuerdos tal como brotan de mi alma.

Mi abuela vivía sola en medio del campo, protegida por un jacal en el que siempre que llegábamos a visitarla tenía un brasero encendido y encima de él, una olla con café y otra con frijoles. Después de recibirnos con un fuerte abrazo, palabras de cariño y agradecimiento, nos ofrecía de desayunar.

Tenía un molcajete muy preciado por ella, donde molía los ingredientes para la salsa, algunas veces eran chiles de agua, jitomate criollo y cebolla picada que ella misma sembraba y cortaba al momento de preparar su comida. 

Había quedado viuda años atrás. Cuando no tenía cosecha, preparaba la salsa con chile seco. La abuela se sentaba atrás del metate a un lado del comal para prepararnos tortillas y unos huevos al comal, mientras le pedía a mi padre que trajera unos guajes del árbol sembrado en el gran patio que se perdía en el campo.

En menos de una hora nos encontrábamos en unas sillas pequeñas o en un petate reservado especialmente para servirnos de mesa a la hora de degustar los sagrados alimentos. Posiblemente, a ojos de otras personas faltaban cosas, pero a mí me inundaba el cariño de mi abuela, quien, con sus providencias, me daba la impresión de que siempre nos esperaba.

La simplicidad de la vida ha sido y es la fuente de mis mayores alegrías.

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