Paco Ortega
Última de seis partes
Sus acompañantes se quedaron perplejos, asombrados.
–Pero, ¿qué pregunta es esa? Jesús, por Dios, que es tu Padre y te está viendo desde allá arriba. ¡¡Claro que se quiere curar!! ¿Quién no se quiere curar? ¿Cómo se te ocurre siquiera preguntar eso?
Jesús, viendo tiernamente al paralítico y con voz dulce, le volvió a preguntar:
–¿Hijo mío, te quieres curar?
Y el paralítico sonrió y dijo, con una voz serena, clara y cristalina, como agua de roca:
–Señor, gracias, no me quiero curar, así estoy bien.
Jesús se dio media vuelta y se fue. Obviamente, Él sabía que el paralítico no se quería curar.
O ¿acaso sabía que no estaba paralítico? Pienso yo que el paralítico pensaba para sí: "y éstos, ¿por qué me querrán quitar mi chamba?"
De repente regresó mi mente a donde estaba, el chavito estaba a punto de jambarse la segunda orden de tacos; eso era ya demasiado para mí, así que me di media vuelta, regresé a mi casa, apretujando en mi bolsillo los ocho mil 850 pesos, me sentía burlado.
Han pasado los años, el chavito es ahora una persona mayor, y al igual que yo, ha perdido pelo y el poco que tiene lo tiene gris plateado, igual que yo.
Él sigue con su baile, yo sigo mi ruta, lo sigo saludando, al principio con cierto rencor, él sigue sin contestarme, concentrado en su chamba y de repente me vuelve a entrar la duda, y si tuviera algún trastorno de… no, no, no, cálmate, cálmate, no empieces de nuevo.
Una tarde lo volví a ver caminando sin que me viera, esta vez ya tenía una marcha diferente, un poco encorvado, arrastrando los pies, sus pasos más lentos, los hombros caídos, sus brazos pendiendo a los lados del cuerpo, con un pobre balanceo, una marcha propia de los estragos del trabajo, de la chamba a la intemperie, del suelo duro, del aire frío, del sol candente, de la rutina; una marcha propia, costo del tiempo, de la edad, del pago por vivir, pero sin movimientos anormales.
Una marcha igual a la mía.
