Mónica Ortiz Sampablo
Última de tres partes
Pasaron los meses y efectivamente, el virus comenzó a arrasar con la vida de las personas. Las principales víctimas eran los mayores, con obesidad o diabetes; también fumadores o con padecimientos pulmonares. Poco a poco fuimos informándonos sobre las medidas que debíamos tomar en caso de salir de casa, aunque lo ideal era no hacerlo.
La llegada de la pandemia de COVID-19, como nombramos al bicho, nos hizo ver la fragilidad de la vida; la primera en caer fue la esposa de un vecino, quien era diabética y por necesidad iba diariamente a su trabajo como afanadora, en un centro comercial. Después nos fuimos enterando de más decesos. Justiniana era una especie de informante, pues desde la calle, en sus soliloquios daba la despedida al difunto; en diversas ocasiones dijo que había asistido a dar el pésame, y todo con tal de ganarse una taza de café y un pan; pensaba para mis adentros, cómo era posible que la señora se expusiera por tan poco.
─Dicen que ya hay vacuna para no morirse de COVID, y que la próxima vez que nos den nuestro dinero nos van a vacunar─ comentó en una de esas ocasiones en que neciamente se paró afuera de la casa para hacerse oír.
─A usted le gusta andar en la calle, debería formarse en la primera fila, para que se proteja.
─¡Eso sí que no! Esa vacuna es un veneno que nos van a poner a los abuelitos, para así ya no pagarnos lo que nos toca; una comadre me dijo que su vecino que trabaja en un hospital le dijo que no se deje poner esa vacuna porque eso es para matarlo a uno. ¿Usté’ se va a dejar?─ preguntó retadora.
─Pues primero que llegue y que se la pongan otros, y si no se mueren, pues sí, me la pongo.
Me despedí antes de que siguiera hablando.
No le gustaba usar cubrebocas, su corpulencia la hacía sentir fuerte e intocable, se jactaba de que la enfermedad le tenía miedo; excepto unos meses atrás en que le había dado una tos muy necia, fuera de eso todo era normal para ella.
─Póngase su cubrebocas─ le dijo su nuera, quien vivía en la casa de la esquina.
─Me estorba “esa cosa”, siento que me ahogo cuando lo uso, además no estoy enferma, yo me cuido─ dijo con enfado.
Fue la última vez que la escuché. Ayer me pareció oír el caprichoso ruido de su calzado, pero no era ella, era el sonido de las hojas secas que el árbol de la casa de al lado está tirando por los fuertes ventarrones de otoño.
