Mónica Ortiz Sampablo
Para Sol había algo más incómodo que las prendas de vestir heredadas, algo a lo que no pudo acostumbrarse; se trataba de las tortas de huevo que su madre le preparaba de lunes a viernes como lonche para el recreo. El sabor metálico del huevo frito y frío dentro del bolillo le era insoportable; por eso, antes de que sonara la campana para el recreo, la niña ya había hecho los tratos pertinentes para cambiar aquella torta por alguna otra vianda: un tamal, un sándwich, alguna fruta.
La tarde en que Soledad se sentó a recordar su infancia, le dejó en la boca el sabor de aquellos años, dio un sorbo a la soda de blueberry que compraba por caja en uno de los supermercados más prestigiosos, su vida era ya otra. Ahora, la presencia de una hija, un marido y un trabajo, muy bien pagado, por cierto, no dejaba tiempo para remendar en la memoria aquellas estampas infantiles. A su niña nada le faltaba, una habitación repleta de juguetes, ropa para cada temporada, zapatos, sandalias, botas… era Soledad quien ahora abastecía a las hijas de sus amigas o hermanas con lo que ya no le quedaba a su pequeña. La vida le sonreía, no se quejaba, sentía que había cumplido la consigna de dar a su hija todo aquello que ella no había podido tener. Cumplía sus sueños y caprichos; la voz interna le dictaba que jamás permitiera que su hija pasara carencias o experiencias vergonzosas.
El día que su hija cumplió 10 años, tuvo la idea de ir por ella a la escuela antes de la hora de la salida, pedir permiso para llevarla a un buen restorán. La niña salió con su habitual sonrisa. Luego de llenarla de abrazos y palabras melosas subieron a la camioneta. Una vez dentro, Soledad recibió de golpe un recuerdo traído por el olor de aquello que en su infancia muchas veces tuvo que cambiar; cuál sería su sorpresa al voltear para saber el origen de aquel olor: su pequeña Clarita devoraba con delicia una torta de huevo en el asiento trasero.
