Ramón Guzmán Alvarado
El fin de año nos convoca a hacer una reflexión respecto a lo que ha pasado durante ese ciclo. La realidad es que en ocasiones ni siquiera lo pensamos al inicio de año, tomamos cuenta de ello cuando en el ambiente cercano, en los medios de información se cuela la idea de la importancia de hacer un recuento de los sucesos vividos, sobre todo los más importantes; esto ¿para qué? Se dice que para el año nuevo le demos un mejor sentido a nuestra vida, ponernos metas a lograr.
Pasa que es poco común que realicemos un plan de vida, una ruta a seguir bajo una intención definida; probablemente entre algunas familias estilen el brindis de fin de año al tiempo que se van comiendo uvas al ritmo de los doce minutos previos a esta finalización y se va pensando en doce propósitos, que al paso de pocos días quedan en el olvido.
Pensando que efectivamente quisiéramos un futuro mejor ahora si nos proponemos un plan, lo escribimos, definimos metas alcanzables, lo ponemos a la vista de tal modo que recordemos que tenemos una intención.
Es importante reconocer que en todo proceso hay un principio, un desarrollo y un fin, ya en último mes del año, diciembre, que aunque signifique 10, por lo del antiguo calendario romano, es el tiempo en que las temporadas estacionales otoño primero y después invierno, son períodos relacionados con el frío, la caída de las hojas, el color ocre, rojizo, café, y se dice el ambiente influye en el estado de ánimo, hay un matiz de nostalgia, cierta tristeza, melancolía, las noches son más largas, la necesidad del calor de hogar, de amistad, familia se hace más latente, con todo ello viene la introspección.
Es difícil definir el tránsito de cada uno en el año que termina, hay generalidades que nos hacen notar que hubo adversidades comunes, por ejemplo, la pandemia y todas aquellas vicisitudes que trajo con ella: la partida de seres queridos, la vulnerabilidad de una persona cercana ante tal padecimiento, la falta de trabajo, la ausencia de clases presenciales en todos los niveles educativos, la ansiedad, y crisis de todo tipo tanto sociales como personales.
Dado que estamos haciendo esta reflexión, debemos pues, estar agradecidos con la vida, para los creyentes con las potestades divinas, nuestra buena suerte, o nuestros cuidados conscientes, o a quienes nos cuidaron o nos cuidan y tal vez no hemos sido lo suficientemente generosos, una llamada, un abrazo, un te quiero, te amo, perdón me equivoque, una flor, una oración que endulce nuestras palabras y sacraliza nuestras invocaciones; una determinación sí, de seguir intentando o realizarnos cada día, cada año, como mejores seres humanos, musitar al universo, a lo más elevado en que creamos, a la espiritualidad de nuestro ser humano.
¡Gracias por el año que viene! Mientras tanto ¡gracias por este fin de ciclo!
