Rafael Alfonso
Aunque nació en una localidad de Pontevedra en Galicia el 4 de agosto de 1897, por una serie de eventos que bien podrían ser parte de un melodrama lacrimoso, Juan Rogelio García García pasó su niñez en Cuba. Su madre, que había sido abandonada por el padre de aquel niño, contrajo nupcias con un hombre que puso como condición no hacerse cargo del hijo ajeno. Juan Rogelio llegó a vivir entonces con unos familiares gallegos instalados en la isla. Iniciaba el siglo veinte.
Si consignáramos todos los oficios que el joven Juan realizó en Cuba, este texto resultaría rocambolesco e inverosímil, así que baste decir que se desempeñó como jugador de beisbol, mecánico, piloto de carreras, periodista, agente de la policía, boxeador, torero y viudo padre de familia. Mención aparte merecen sus facetas como bailarín, publicista y director artístico de una radiodifusora, actividades que lo acercaron al cine mexicano, donde será recordado por siempre como Juan Orol.
Hay que reconocer que metido a cineasta, Juan Orol tenía una habilidad innata para crear espectáculos fascinantes. Todo comenzó con Sagrario (1933), donde debuta como actor secundario bajo las órdenes del cubano Ramón Peón. Inmediatamente después ejerció de hombre orquesta –productor, guionista y estrella– en Mujeres sin alma, venganza suprema (1934) del mismo director. Tras el inesperado éxito de esta cinta, era cuestión de tiempo para que Orol probara las mieles de la dirección. Lo hizo por primera vez con Madre querida (1935) y a partir de entonces el nombre del cineasta fue sinónimo de garantía para un público sensible que llenaba las salas en busca de una experiencia conmovedora.
Es curioso cómo Juan Orol, viendo cómo todo mundo se volcó a hacer películas sentimentales, abandonó esta veta para explorar –y sin querer, innovar– trayendo a cuento aquello que aprendiera en Cuba: la música, el baile sensual y el ambiente de cabaret, para instaurar en México lo que él llamaba “Películas tropicales”, lo que pronto sería conocido como Cine de rumberas. Dos de las más grandes estrellas de este subgénero llegaron a México de su mano para protagonizar cintas como Cruel destino (1944) y Una mujer de Oriente (1946).
Cuenta la leyenda urbana que Orol, pistola en mano, debió advertir alguna vez a Maximino Ávila Camacho –poderoso político, militar y mujeriego mexicano con fama de asesino– que se mantuviera a raya con María Antonieta Pons, en aquel momento su esposa. Algunos años después, la también cubana, Rosa Carmina, ocuparía ese lugar.
Cuenta el mismo Orol que la saturación del subgénero lo llevó a dar el salto a otro tipo de cintas, en las que ciertamente no tuvo competencia. Exagerando, podríamos decir que Orol se constituyó en un subgénero por sí mismo con sus películas de gángsters. Así creó cintas como El reino de los gángsters (1947), Gángsters contra charros (1948) y Sindicato del crimen (1954), cintas que, como era habitual en él, escribía, producía, dirigía y protagonizaba. De lo anterior, podemos concluir que “quien mucho abarca, poco aprieta”. Orol quedó muy lejos de la excelencia en cualquiera de estos rubros. Su entusiasmo superaba con creces su talento.
Orol tenía un don especial para lo kitsch, lo exagerado, lo absurdo. Sus películas estaban llenas de personajes extravagantes, diálogos no muy ingeniosos y situaciones inverosímiles que, sin complejos, hacían las delicias del gran público. Lo que ahora hacen las películas de superhéroes.
