Pasar al contenido principal
x

EL LECTOR FURTIVO: Juan Rulfo, ¿un ejemplo a seguir?

lector-portada
Foto(s): Cortesía
Redacción

Rafael Alfonso

 

Franz Kafka —cuya obra maestra "El Proceso" fue publicada póstumamente por su amigo Max Brod— había expresado su deseo de que todos sus manuscritos fueran quemados. Sin embargo, Brod desobedeció, convencido de que el valor literario de la obra de Kafka superaba incluso el deseo personal del autor. Esta decisión nos dejó con algunas de las novelas y relatos más influyentes del siglo 20.

Consigna similar tuvo Robert Baldwin Ross, albacea literario de Oscar Wilde, a quien éste había pedido entregarle en propia mano a su amado Lord Alfred Douglas la extensa carta redactada desde la cárcel para él y que lleva como título "De Profundis", ahora de todos conocida porque Baldwin Ross se cuidó bien de hacer una copia y publicarla cinco años después de la muerte del autor, pues —confirmando sus sospechas y las del propio Wilde— el ingrato destinatario tiró la carta al fuego, presuntamente sin tomarse la molestia de leerla. 

 

 

Por otro lado, Gabriel García Márquez dejó una novela titulada "En agosto nos vemos". A pesar de que García Márquez había manifestado su insatisfacción con la obra, sus hijos decidieron publicarla después de su muerte, argumentando que no podrían vivir con el remordimiento por privar a los fieles lectores de la última muestra de ingenio e inventiva del Nobel colombiano y, de paso, aprovecharon para vender los derechos para adaptar "Cien años de soledad" a la pantalla, cosa a la que el escritor también se negaba. 

Vaya responsabilidad de Brod, Baldwin Ross y de los herederos de García Márquez, ¡qué difícil ha de ser encontrarse en el centro de un dilema con carácter póstumo! Las obras inacabadas o rechazadas por sus autores, ¿deberían ser destruidas conforme a sus deseos, o ser preservadas para el disfrute y escrutinio de las generaciones futuras? 

Este debate se enciende al considerar cómo, en contraste, Juan Rulfo, gigante de la literatura latinoamericana, optó por una ruta diferente para solucionar de tajo cualquier dilema al respecto.

 

 

Por muchos años corrió el rumor de que Juan Rulfo no sólo se había negado a publicar varias novelas escritas después de "Pedro Páramo", sino que incluso las había destruido. De esta forma evitó la tentación de afectar el incuestionable valor de su legado literario definido por sus dos primeros títulos: "El llano en llamas" y "Pedro Páramo".

En una entrevista para la televisión española, tras ser galardonado con el Premio Príncipe de Asturias en 1983, se dio la siguiente conversación: 

—Parece que ha destruido usted muchas novelas. ¿Cuántas novelas ha destruido? 

—Solamente he destruido una novela. Bueno, dos libros más o menos. 

—¿Por qué los destruyó? 

—Porque eran malos. 

—¿Y lo decidió usted que eran muy malos? 

—Sí. 

—¿Y en cambio decidió que "Pedro Páramo" era bueno? 

—Sí, claro. Y estoy harto de fingir que no. 

Bueno, esa última línea forma parte de las frases que Juan Rulfo jamás dijo, pero nadie lo culparía por haberlo pensado. La moraleja de esta historia es que, si consideras que alguna parte de tu obra, o la totalidad de ella, debe ser pasada por fuego, debes encargarte tú mismo de la tarea. A tus herederos y albaceas probablemente les tiemble la mano, sobre todo si hay algunos millones de por medio. 

 

Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.