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El destino nos rebasó

espacial
Foto(s): Cortesía
Giovanna Martínez

Rodrigo Velásquez Torres

 A James Webb:  Gracias por las imágenes futuras del pasado.

Estamos a la mitad de la última semana del año; como es costumbre, se trata de una etapa de reflexión y de cuestionamientos, muchas veces personales y en algunas otras en lo colectivo (en el trabajo, por ejemplo); sin lugar a dudas, se trata de días de renovación y de planteamiento de objetivos en más de un sentido, aunque luego queden solo en buenas intenciones. Este año, a pesar de la pandemia, la humanidad comenzó a abrirse paso a través de ella; la vida económica, turística, deportiva, industrial, cultural y comercial vislumbró cierta mejoría y con ello se reactivaron diversas actividades en todo el mundo, como los Juegos Olímpicos, industrias del entretenimiento, espacios culturales, etcétera, que permitieron un desahogo ante la apretada vida de encierro que se había llevado durante meses pasados.

Si bien es cierto que durante los últimos dos años hemos vivido una triste situación, aunado a que la sociedad se encuentra asfixiada en sí misma, también es cierto que la creatividad natural de la especie humana logrará algún día encontrar una manera de equilibrarse nuevamente (viendo y viéndose a través de micro pantallas, por ejemplo), ya sea en este planeta o en otro, pues a ojos cerrados podemos darnos cuenta que el gran nuevo interés de la humanidad, nunca antes tan posible como ahora, está en abandonar este planeta y formar colonias en otros, y ni siquiera pensar en intentar ayudar a nuestra tierra a equilibrarse. Mirar tanto al cielo ha separado al humano de la tierra; el egoísmo de la humanidad ha llevado a habitar otros planetas; el resultado apunta a que será fantástico y catastrófico al mismo tiempo.

Con situaciones como la pandemia, viajes espaciales y metauniversos, se crea el caldo de cultivo perfecto para el desarrollo de cualquier historia de ciencia ficción; por ejemplo, podemos pensar que esta nueva enfermedad estará acompañando a la humanidad hasta que surja una generación humana inmune, ya sea por mutación genética natural o inducida, y así una nueva humanidad nacería, capaz de soportar este nuevo virus de manera natural y serian los sobrevivientes finales, mientras los pertenecientes a la vieja humanidad escapan hacia colonias espaciales o algunos otros se refugian en cabinas aislantes, conectados a través de cables y sondas, viviendo una metarrealidad en espacios no más grandes que un ataúd, hasta su muerte; y, así, por fin, una nueva humanidad nacería. Las posibilidades de creación son infinitas.

Sin embargo, esto que vivimos no se trata de ninguna novela de ciencia ficción del siglo pasado, ni de ninguna venidera, es algo muy tangible y que nos ha golpeado de sobremanera; y como es costumbre en estas fechas de cierre de año, obliga a hacer un repaso de lo afortunados que somos de seguir contemplando nuevos amaneceres. Así pues, una vez más nos encontramos en un cierre de año acompañados de ese virus; una vez más, el tiempo nos ha alcanzado y acá estamos (quienes afortunadamente aquí seguimos), preparándonos para iniciar con la mejor actitud todo aquello que el destino nos ofrezca para realizar nuestro futuro durante las próximas cuatro estaciones, hasta que nuevamente el destino nos alcance y todo vuelva a comenzar.

 

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