Fausta Ibáñez Ríos
Un fenómeno común que padecemos los seres humanos es aquel que se conjuga en dos acciones psíquicas; una, donde realizamos conductas repetitivas día tras día; y la otra que al parecer refuerza a la primera, donde intentamos modificar esa repetición sin éxito, como si pareciera que algo surge, una suerte de imposición a que esa repetición permanezca.
Algunas manifestaciones
Por ejemplo, no realizar esas actividades que nos gustaría lograr, como aquellas personas que desean aprender a bailar y que cada día manifiestan que se inscribirán a clases y no lo hacen, permaneciendo en un estado de insatisfacción, el cual la persona no se percata, pues la consume el apremio de la vida.
Otro ejemplo les sucede a quienes disfrutan el estudio, pero que sin embargo lo dejan para el final del día, donde es tanto el agotamiento que este les impide realizarlo, y de igual manera se repiten: “mañana será lo primero que haga, o empezaré más temprano”. Existe otro grupo de personas que sus anhelos los cumplen en otro tipo de repetición, al parecer infinita, viendo cadenas de videos en alguna plataforma digital.
Por otro lado, en las redes sociales se puede encontrar material audiovisual donde enseñan cómo resolver estas conductas repetitivas que llevan a las personas a fracasar en la vida, donde el experto da una infinidad de técnicas, excelentes, por cierto. Sólo queda preguntar: ¿por qué al parecer no tienen el éxito que se espera?
Así mismo, desde décadas atrás, existe el coaching, donde el discurso preponderante apunta a reforzar a la entidad psíquica que en campo psicoanalítica llamamos “el Yo”. Otras personas piensan y esperan un cambio desde lo exterior, como si ese cambio pudiera llegar a raíz de la acción de los otros, o se vive como en la espera de un milagro.
Camila y su eterno repetir
Hace algunos años escuché una historia que vino a mi memoria al escribir esta nota, de la que me auxiliaré para esclarecer este fenómeno psíquico.
Una señora, a quien llamaré Camila, necesitaba llegar a la empresa donde trabajaba a las 8 de la mañana; tenía una tolerancia de 15 minutos; si no llegaba en ese tiempo, era acreedora de un retardo, y si acumulaba tres en 15 días, la sancionaban con un descuento mayor a que si hubiese solicitado un día de permiso sin goce de sueldo.
El tiempo que requería para llegar al trabajo sin problemas, era de cuarenta minutos. Camila salía de casa todos los días unos minutos después del tiempo requerido, así que salía corriendo para alcanzar el autobús con el alma en vilo, sobre todo porque generalmente acumulaba dos en los primeros días de la quincena. Con esta situación, desde que salía de casa iba sufriendo las mortificaciones, arrepentimiento y con la promesa de que al otro día no le pasaría lo mismo.
Continuará el próximo miércoles...
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